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MI HISTORIA EN EL SPARTATHLON – FABIAN ALBERTO DUARTE

Fabian Alberto Duarte, es un conocido ultrafondista argentino con un gran curriculum de carreras y resultados. El «yaca» como lo llaman sus amigos, es también el precursor de impulsar y organizar carreras de ultrafondo en Formosa, su provincia natal en el norte de Argentina. Desde espiritulibre sabemos, de primera mano, que Fabian es una gran persona y con un gran corazón; por eso nos alegramos enormemente de que se haya decidido a compartir su historia con nosotros y con todos ustedes. 
Esta es su historia: 

 

 

 

Por: Fabian Alberto Duarte

 

De  Formosa a los Pies de Leonidas.

 

A partir de mi primer Spartathlon, septiembre es el mes que más me motiva  a seguir corriendo y soñando .

 

Tuve la suerte o mala suerte, tal vez, de estar de los dos lados de esta carrera, del lado de la derrota y del lado de la gloria. Pero mi vida siempre fue así, ya que hubo acontecimientos que de una u otra manera me marcaron. Algunos mas fuerte y más duros, que parecieron verdaderas derrotas y otros, muchos, especiales que fueron verdaderos momentos de gloria.

 

Spartathlon 2012

 

En Septiembre de 2012  fui por primera vez al Spartathlon, comencé a entrenar el 1 de enero de ese año con la ayuda de un veterano del ultramaratón en Argentina, Gerardo Re, quien ya había conseguido completar el Spartathlon en dos oportunidades. Gerardo desde el principio me tuvo paciencia, no era fácil entrenar aquí en Formosa estando completamente solo, ya que prácticamente nadie sabía que eran las carreras de ultramaraton y menos aún de algo tan loco como una carrera de 246km en Grecia.

Que puedo decir, que comencé a entrenar estando solo, pero la verdad con mucha imaginación e ilusión, cosas que con el paso de los días y entrenamientos ya se iban transformando en un gran sueño! Siempre fui soñador rescato eso de mí y eso es, justamente, lo que me daba la fuerza para levantarme todos los días para entrenar. Pasaban las semanas y los kilómetros se iban acumulando, recuerdo que en algunas semanas llegué a los 200km.

El tiempo pasó, los días, los meses y llegó el momento de volar a Grecia, con los entrenamientos y el trabajo hecho. Una vez bajado del avión, todo era como estar en las nubes. En ese momento recordé una frase que me había dicho Mercedes Acuña, hacia algunos años atrás, cuando le comente mi idea de ir al Spartathlon, ella me dijo: «Fabian imagínate, de Formosa al Partenon!». Pasaron los años y esa frase se hizo realidad. Gracias a dios, desde el primer momento en que decidí comenzar a entrenar para esta mítica carrera, lo único que recibí fueron palabras de aliento.

Pero lamentablemente, la nube en la que estaba subido desde que bajé del avión, estaba a punto de evaporarse y la caída iba a ser muy dura.

Al llegar al hotel en Glyfada en Atenas, me avisan de que tengo un hematoma en la parte posterior de la pierna izquierda. Cuando me mire la pierna casi me desmayo, no lo podía creer, después de tantos meses entrenando, tanto sacrificio y tanta expectativa, me pasaba esto. El dolor no era solamente mío, sino pensar en mi familia, mis amigos,  en todos los que me habían apoyado durante todo este proceso. Mi cabeza iba a mil por hora hasta que logré ver a uno de los doctores de la carrera, no tenía ni idea de lo que había pasado con mi pierna. El diagnóstico fue, examinado muy por encima, una pequeña trombosis. Lo único que hacía era pasarme horas en el mar para que se me bajara la inflamación.

Llegó el famoso último viernes de septiembre y sabía que tenía lesionada la pierna pero no el corazón. Esa mañana del viernes a las cinco de la madrugada me encontró despierto y cambiándome para esperar el autobús que nos llevaría hasta la Acrópolis. En mi cabeza no cabía la idea de quedarme en el hotel solo mientras todos se iban a cumplir sus sueños. No me arrepiento de la decisión, estaba lesionado y lo sabia, pero estar en la largada del mítico Spartathlon es algo único y no me lo iba a perder. La carrera largó y yo lesionado, también salí a correr, en un pequeño rincón de mi cabeza pensaba en que tal vez, por algún milagro podría terminarla.

El milagro no sucedió y en el kilómetro setenta, con una sola pierna mi sueño se terminó. Se terminaba mi primer Spartathlon y lo único en lo que podía pensar era: «Por favor, que no haya nadie en casa cuando llegué», la frustración y decepción eran tan grandes que no quería que nadie me viera al volver. Por suerte, eso sí me salió bien, volví a Formosa, entre en mi casa y no había nadie. Dejé las valijas en el suelo, me senté en la cama y me puse a llorar.

Spartathlon 2013

Las heridas del año pasado iban cicatrizando y por el mes de Enero, el «titán» Martín Córdoba me animaba a que envíe nuevamente la inscripción para el Spartathlon. Todavía me servía la marca de los 330.400km que había realizado en las 48hs de Buenos Aires del 2011. Y así fue que a principios del 2013 comenzaba nuevamente a entrenar, con la misma o más ilusión que en 2012, pensando otra vez en esos entrenamientos semanales de 150km/200km. Siempre con el titán Martín Córdoba apoyándome y dándome fuerzas para que fuera y lo intentara de nuevo. Hasta Tucumán me fui a verlo y así poder entrenar juntos, también pasé algún tiempo entrenando por las cuestas de Apóstoles, en Misiones. No quería  dejar nada al azar, ya conocía lo dura que era la carrera y sus interminables subidas y bajadas.

Pasaron, una vez más, los meses y los entrenamientos, otra vez a volar a Grecia, otra vez en las nubes, hasta llegar a ese famoso último viernes de septiembre!

Este, sin dudas, era un año diferente, nunca hubo tantos argentinos en toda la historia de la carrera en la linea de partida, estaban: German Cordisco, Ricardo Rojas, Dario Arauz, Hector Bengolea, Nicolas Kierdelewicz, Gerardo Re, Martín Córdoba y yo. Puedo decir con orgullo que formé parte de la primera Legión Argentina en el Spartathlon!

La Legión 2013, más Franky Val de México. 
Con Gerardo Re, antes de la largada.
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La carrera comenzó y si bien al principio íbamos todos juntos, yo ya me había acomodado a la par de Martín, con quien habíamos compartido un maratón y varios entrenamientos; sabía que era buena compañía. Así fuimos hasta Kineta, en el kilómetro cincuenta y cinco, a partir de allí, Martín se fue un poco más adelante y yo seguí a mi ritmo detrás de él hasta Theodori, en el kilómetro sesenta y cinco. A partir de ahí comencé a correr mi propia carrera, de un checkpoint a otro, ya que Martín se había adelantado mucho y yo había quedado completamente solo. Trate de controlar mi objetivo principal y no salirme de él, simplemente intentaba llegar al próximo CP. Descontando algunos minutos entre cada corte.

Los primeros kilómetros junto a Martín y Leo. 
 Así llegué a Corinto, en el kilómetro ochenta, con cuarenta minutos a mi favor, aunque no era lo pensado por que la idea era llegar ahí con una hora de sobra, pero me fue imposible conseguir esa diferencia. En ese CP ya estaba Ignacio Galan, un amigo español de Nicolas que me hacía de soporte y traductor, el me aconsejo que me hiciera unos masajes. Después me comí un plato de pasta y a salir a la ruta nuevamente en busca del próximo CP. Así pasaron los kilómetros y los checkpoints, uno detrás del otro hasta llegar a Soulinari, en el kilómetro ciento diez, donde empiezo a darme cuenta de que estoy pasando mucho frío y justo ahí recuerdo que mi rompe viento está en el CP de Nemea, cinco kilómetros más adelante y no tenia nada con que abrigarme. Por suerte allí en Soulinari estaba Patricia Scalise y Marta, la esposa de Martín. Al verlas les digo que venía pasando mucho frío y que no tenía mi rompe viento. Ahí mismo Marta se quitó su abrigo y me lo dio, mientras yo comía y bebía algo en el avituallamiento. Patricia fue hasta su auto, trajo su maleta y busco entre su ropa una camiseta térmica de mangas largas y me la dio; puedo asegurar que encontrarlas allí y recibir su ayuda en ese momento me salvo la vida.
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Con Patricia Scalise, asistencia de lujo. 
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Seguí mi camino, ya más abrigado y pase por la ciudad de Nemea, en el kilómetro ciento cinco. A los pocos kilómetros de Nemea se encontraba la ciudad de Lirkia, donde me vuelvo a encontrar con Martín, que se sentía un poco descompuesto. Decidí parar un momento a hablar con él y hacerle compañía hasta que se recuperara pero me dijo: «Anda Yaca, que yo ya sigo en un rato».

Ya en la base del Monte Partenio me encuentro con el gran Leo Bugge, tomamos un poco de caldo y me dice: «Vamos que esto es una gran aventura!» Y acto seguido comenzamos a subir. Mientras subíamos pensaba: «Por dios, la cima no llega más!», en ese momento mi cintura me dolía muchísimo, sentía que me dormía del cansancio mientras caminaba y la cima no llegaba más. Pero finalmente y casi de repente me encuentro con un checkpoint, me sientan, me abrigan con una manta y me dan algo de tomar, al día de hoy no recuerdo si era sopa o café, pero algo tomé, de eso estoy seguro, creo.

En ese CP y a esa altura de la carrera el frío era mucho, comencé a descender solo y un poco más aliviado por dejar el monte detrás, pero el alivio desapareció cuando comencé a escuchar unos rugidos de leones en medio de la noche; claramente estaba alucinando. Los rugidos parecían tan reales y los sentía tan cerca mío que no quería dejar de correr, que desesperación estar corriendo en el medio de la nada con esos rugidos retumbando entre las montañas. Al día de hoy, cada vez que recuerdo esas alucinaciones, para mí tan reales, se me caen lágrimas. Que chiquito me sentía entre semejantes montañas y rodeado de leones.

Por suerte llegué a Nestani, en el kilómetro ciento sesenta y ocho, con el amanecer de un nuevo día y siguiendo mi plan de ir de CP a CP hasta Esparta. Nuevamente lo alcanzo a Martín, que me había pasado anteriormente  y comenzamos  a correr juntos, alentándonos y ayudándonos. Llegamos juntos a Tegea, en el kilómetro ciento noventa y cinco, donde vemos a Gerardo (se había retirado de la carrera por problema estomacales), también estaban Katy y Marta. Nos dieron alimentos y bebidas ya que era una subestación y podían asistirnos, verlos a todos fue, sin dudas, un alivio, también era señal de que estábamos cada vez más cerca de llegar. Pero para Martín, más que un alivio fue un disparo de adrenalina ya que después de ver a su mujer Marta, salió como un misil, verlo fue algo increíble que nunca podré explicar. Otra vez me dejó atrás y yo ya estaba dispuesto a seguirlo cuando Gerardo, siempre astuto e inteligente, me dice: «Yaca, te toca una subida muy larga, encara tranquilo que arriba te espero con un sándwich de jamón crudo» Así que pensando en su promesa le hice caso, llegue al final de la subida y don Gerardo Re, ni en figurita estaba, me había dejado plantado! Todavía no sé si fue una estrategia o si se olvidó de su promesa. La cuestión es que me hizo correr esa subida por un sándwich y al final me dejó sin nada. Igualmente debo decir que ya al llegar al kilómetro doscientos dieciocho, si estaba Gerardo y esperándome con un helado! (Pocos son los que conocen las necesidades de un corredor en condiciones extremas y él como siempre, ocupándose de los amigos y ayudándonos para que lográramos lo que él ya había logrado…y dos veces!).

En ese momento Gerardo me dice cuántos kilómetros me quedaban para Esparta y a cuanto debía correr el kilómetro para entrar en tiempo, cosa que me dio un poco de tranquilidad, ya que en números y teoría sabía que llegaría. Aunque también sabía que no estaba todo dicho hasta que entrara a la ciudad de Esparta, pero una vez que pisé sus calles y vi la gente que salia a saludar, los plausos a cada corredor, los gritos, las motos y autos que saludaban con sus bocinas, sabia que llegaría. Cuanta emoción, todo ese ambiente ya comenzaba a invadir mi humanidad, pero yo sentía que todavía  me faltaba algo, me faltaba llegar a la avenida principal. Unos chicos en bicicleta me empezaron a seguir y yo lo único que les preguntaba, sin parar, era: «Por donde está la avenida, por donde está la avenida?!» casi entrando en desesperación.

Buscaba y buscaba esa famosa avenida llena de banderas de todos los países presentes y de repente allí estaba, la veía frente a mis ojos. A poco menos de doscientos metros alguien me da una bandera de Argentina, iba con la mirada perdida aunque entre la gente me pareció ver a Natalia Delfor, a Hector y a German. Pero cuando vi la imponente estatua de Leónidas, todo lo demás desapareció, mis ojos ya solo veían esas sandalias. Y así, entre gritos de «Vamos Fabi lo lograste!» llegué y toqué los pies de Leónidas; se me vienen mil cosas a la cabeza, tantas emociones, el haber logrado algo que tanto quería, el recordar a mi madre que en vida se alegraba de que corriera, pero a la vez se enojaba porque nunca me podía alcanzar para pegarme, vivía portándome mal. Recordar a mi padre, que sufría porque sabía que iba a correr tantos kilómetros. Y sobre todo, el recordar a mi familia, que estaba tan lejos mientras yo recibía la corona por haber logrado terminar el mítico Spartathlon.

Hoy tan solo me queda agradecer a mi familia y a mis amigos que siempre me ayudaron a cumplir mis sueños. También retribuir lo que hicieron conmigo ayudando a todos aquellos corredores que hoy quieren llegar  cumplir su sueño de llegar desde Atenas hasta Esparta. Por mi parte, no dejo de pensar en que algún día volveré!

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