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MI HISTORIA EN LA BR135+ – GONZALO FRIAS.

7 febrero, 2020

Gonzalo Frías es un atleta argentino, que posee una conexión especial con la dura carrera de ultrafondo brasileña BR135+. Algunos datos de este atleta: Fue el primer argentino en completarla y es el argentino que más veces ha sido finisher. También es el atleta latinoamericano (no brasileño) que más veces ha completado la carrera de forma consecutiva.

La historia de Gonzalo en esta durísima ultra de 217km merece ser contada, por eso hoy les presentamos el segundo capítulo, de una serie de cuatro crónicas, con todo lo que ha vivido este atleta argentino en todas las ediciones, de la BR135+, en las que ha participado.

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Por: Gonzalo Frias.

Introducción.

Creo que quien logra arribar a meta después de desandar un largo camino en un maratón o una ultra maratón, trasciende desde una dimensión espiritual. Y cada vez que consigue alcanzar el final del camino, vuelve a trascender. Ya no es la misma persona que cuando comenzó a recorrer esa aventura, ese proyecto, ese sueño. Pero quizá, más importante que el arribo, sea el proceso: Seguramente en el recorrido habrá padecido, disfrutado, llorado, reído, fantaseado, delirado, pasado por momentos de desánimo y otros de euforia, todo con una intensidad distinta a la de cualquier otro evento que haya acometido en su existencia. Hasta alcanzar, por fin, la sublimación de su ser en esa tan esperada llegada. Pero, a veces, la vida no resulta exactamente como cada uno de nosotros la planeamos o imaginamos. Ese fue mi caso en el segundo intento en la carrera brasileña, porque me embarqué buscando dicha trascendencia en el terreno deportivo sin saber que una noticia desde Argentina me daría esa posibilidad desde otro plano totalmente diferente. Lo verdaderamente importante, entonces, es trascender sin importar el plano desde el que se lo hace y saber valorar y disfrutar también el atravesar todo el proceso previo, de eso se trata…

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CAPITULO DOS – AÑO 2009.

SEGUNDAS OPORTUNIDADES SIEMPRE NOS DA LA VIDA.

Tras aquel primer intento de 2008 en la Brasil 135 millas que me dejó a las puertas del paraíso y, luego de proponerme no correr más esta prueba, llegó el año 2009 y con él la renovación de mis pensamientos y emociones: “Quiero intentarlo otra vez…quiero volver a Minas Gerais…quiero volver a experimentar intensamente los 217 kilómetros de la Sierra de la Mantiqueira”, repicaba este pensamiento una y mil veces en mi mente.

Nuevo proyecto y, con él, nueva estrategia de carrera: Contacto con un “spartatleta de ley”, un referente en el ultra maratón argentino. Sí, Gerado Re. Sí, gran proyecto…

-Hola Gerardo, no nos conocemos personalmente, pero sí a través de tu página, “Megainformes”, ya hace un buen tiempo… qué te parece la idea de acompañarme a intentar la Brazil 135 miles como mi equipo de apoyo?-

-Un placer para mí Gonzalo!!! Vamos en mi auto hasta Brasil, querés?-

-Bueno, dale, Gerardo, arreglamos todo y nos vamos para allá!!!-

Así comenzó lo que en realidad serían 2 aventuras al precio de una. Primero, la de viajar desde Provincia de Buenos Aires, donde vive el spartatleta, hasta la misma Minas Gerais, en una camioneta 4 X 4 conducida todo el tiempo por Gerardo -con el consiguiente desgaste que ello significaba para él-. Segundo, acometer juntos el proyecto “Brazil 135 miles segundo intento”. Pero antes de partir hacia Brasil y encontrándome ya en casa de Gerardo en Buenos Aires, una llamada telefónica cambiaría para siempre mi vida y determinaría que sea otro Gonzalo el que viajara hacia los morros de la Sierra de la Mantiqueira. En esa época, con mi esposa Silvia estábamos buscando nuestro primer hijo, pero no llegaba, por lo que, a la vuelta de la aventura en Brasil, teníamos pensado comenzar a averiguar sobre los correspondientes tratamientos.

-Hola Gonzalo. Cómo estás? me dijo mi esposa del otro lado del teléfono.

-Bien, pero con mucha ansiedad por la carrera, le respondí.

-Gonzalo, no quiero que te vayas a Brasil sin antes decirte algo: Creo que vas a ser papá!!!!-

A partir de esa comunicación telefónica, mi rostro de euforia era tan evidente que Gerardo me felicitó efusivamente y nos tomamos unas cervezas en honor a mi futuro hijo!!! Recuerdan el primer pensamiento de esta crónica? trascender, trascender…

Tras pasar la noche en Buenos Aires con un anfitrión de lujo como Gerardo que me mostró su impresionante colección de medallas de las más variadas carreras de Argentina y el mundo, iniciamos bien temprano a la mañana siguiente nuestra primera aventura -en 4 ruedas- para lo cual debíamos cruzar en forma terrestre el paso fronterizo hacia Brasil vía Misiones y Puerto Iguazú. El viaje sería largo, pero Gerardo le ponía toda la buena onda con conversaciones amenas y contando cada uno de nosotros un poco de su vida para conocer mejor al otro. Así, en as largas horas del viaje, fueron surgiendo anécdotas de las más variadas, no pudiendo faltar obviamente las referidas al particular mundo del ultramaratón. Cada uno sacaba de la galera, en una especie de “duelo de anécdotas”, la que creía más interesante. Yo, sobre cómo llegue a correr los históricos 100 kilómetros de Uberaba en el Brasil -una de las primeras ultras organizadas en Sudamérica- y él, acerca de la impresionante gesta del Spartathlón griego en el año 1.999.

Cuando arribamos por fin a Sao Joao de Boa Vista me reencontré con los organizadores -encabezados por su director Mario Lacerda y su esposa Eliana-, voluntarios y corredores con quienes tan buenos lazos de hermandad habíamos logrado a lo largo de la carrera del año pasado. Fue muy gratificante poder volver a verlos y empezar a prepararme para vivir nuevamente sensaciones muy fuertes y extremas a medida que fuera transcurriendo la dura prueba.

No era yo el único representante argentino. También llevaría los colores de nuestro país en esta prueba mi coterráneo Martín Paternó, un candidato fuerte a ubicarse en el top ten o top five de la carrera si tenemos en cuenta sus enormes pergaminos: Campeón argentino de 50 kilómetros, ganador del Desafío Berocca al Desierto Argentino, competencia por etapas en la distancia de 100 kilómetros, además de tener excelentes antecedentes en la especialidad del triatlón.

Nuestras tácticas y estrategias de carrera eran diametralmente opuestas: Martín saldría decididamente en la punta de la prueba a buscar alzarse con los primeros puestos y yo, en un planteo conservador, a ver cómo me sentía hasta el segundo maratón de la prueba, más o menos a la altura del puesto de control y descanso ubicado en la Ciudad de Serra dos Limas, en el kilómetro  84 de la competencia. Para ello, había coordinado con Gerardo que cada vez que pudiéramos encontrarnos en algún punto del camino, él me estaría esperando con su vehículo. Fue increíble su versatilidad y la de su 4 X 4 para abrirse paso por lugares bastante inaccesibles de la prueba, lo que significó una gran tranquilidad para mí porque me aseguraba contar con su asistencia en varios puntos del recorrido.

En los primeros tramos del recorrido, iba acompañado del corredor brasileño, radicado en Florida, E.E.U.U, Cas Cámara. Hicimos muchos kilómetros juntos hasta que Cas se despegó para seguir a un ritmo más rápido. En todo ese tramo pudimos hablar bastante por cuanto donde vivía Cas había una importante comunidad hispano parlante lo que le permitió aprender el idioma español mediante la práctica de dialogar con latinos que residían en dicho estado.

En la edición de este año, se agregaba un hito nuevo en la prueba, una dificultad extra que a muchos corredores nos quitaba el sueño: El Pico do Gaviao, unos kilómetros antes de la Ciudad de Andradas que se encuentra en el kilómetro 60 de la carrera. Es uno de los puntos temibles de la competencia por su cuesta interminable y pronunciada. El terminar de recorrer esta elevación demanda varios minutos de la prueba. Al final del camino espera un espectacular mirador donde se practica parapente. Varios competidores llegaban exhaustos hasta la cima. En mi caso, debí descansar unos buenos minutos para reponerme de semejante cuesta mientras contemplaba el espectáculo de los parapentes. Una vez tomado el debido descanso, acometí lo que ahora era una gran bajada –por cuanto se retornaba por el mismo camino que habíamos subido la complicada cuesta-, haciéndola a buen ritmo y con la sensación que estaba ya recuperado de la demandante pendiente que acababa de coronar en el Pico do Gaviao.

Sin embargo, más adelante, hubo un sector del trayecto en el que me desorienté y comencé a dar vueltas sin encontrar el camino ni a Gerardo. Recuerdo que entré en pánico, más que por el temor a extraviarme, por miedo a perder valiosos minutos que después no me permitieran llegar a meta dentro del tiempo límite oficial estipulado por el reglamento de la organización -60 horas-. Recuerdo también que daba vueltas en círculos porque había siempre una plaza con unos carteles que tenían unas flechas indicadoras a las que seguí, pero sin encontrar el camino ni a Gerardo. Hasta que por fin logré contactar a alguien de la organización en el camino quien me indicó que mi vehículo de asistencia estaba más adelante esperándome. Cuando visualicé a mi asistencia  fue todo un alivio, pero me había alterado mucho por lo que entre quien era mi apoyo y voluntarios de la organización debieron tenerme paciencia hasta que me calmara para aclararme que todo estaba bien y que siguiera el trayecto indicado.

Luego de dicho mal trance, me encaminaba a paso firme hacia uno de los hitos principales de la carrera, la Ciudad de Inconfidentes, en el kilómetro 117 de la carrera. Muchas partes del Camino de la Fé esta vez los había recorrido con mucha eficiencia, especialmente las pendientes pronunciadas, las que, a diferencia de la edición anterior, las acometía con gran potencia y decisión. Un entrenamiento específico en pendientes realizado durante meses en Córdoba, mi ciudad natal, me había proporcionado esas valencias para enfrentar el duro recorrido con gran solvencia. A ello se sumaron como mis aliados la diferencia de temperatura de la noche en los morros de la Sierra de la Mantiqueira, calmando el intenso calor diurno, y las apariciones de Gerardo y su vehículo en varios tramos del camino para proporcionarme lo que necesitara, especialmente sus palabras de aliento.

Mientras tanto, en la punta de la competencia, el extraordinario atleta local Marco Farinazzo cada vez se despegaba más de sus seguidores e iba rumbo hacia la meta ya sin rivales a la vista. El norteamericano Raymond Sánchez lograba el gran mérito de ser el único extranjero que en esta prueba le estaba peleando los primeros puestos al compacto bloque de atletas brasileños constituido por Aureo Adriano, Ariovaldo Branco, Eber Valentim, Eleir Ferreyra y Flavio Viana, entre otros. Corresponde recordar al respecto que en las ediciones corridas hasta ese momento, ningún extranjero había logrado alzarse con el primer puesto, sin poder romper así la hegemonía brasileña.

Ya cerca de Inconfidentes, veo acercarse a Gerardo con su 4 X 4 y, para mi gran sorpresa, a Martín Paternó en el vehículo!!! Mi coterráneo ya había abandonado la prueba al sufrir una caída, pero sumaba su aliento para que yo pudiera llegar a meta.

Tras el paso por Inconfidentes –kilómetro 117 de la carrera-, donde aproveché para dormitar un poco más de media hora haciendo uso del alojamiento sin cargo, continúo viaje hacia los últimos 100 kilómetros de la prueba donde comienza otra carrera, muy mental, en la que habrá que lidiar entre los efectos del cansancio acumulado y la ansiedad por arribar a meta. Una de las consecuencias del referido agotamiento son los trastornos de la falta de sueño y por la gran cantidad de horas en estado de vigilia. Existen largos tramos que deberé hacer en soledad por lo difícil de acceder en un vehículo (Cabe aclarar en este punto que el atleta tiene prohibido ser permanentemente acompañado por un vehículo el que puede esperarlo en algunos tramos del recorrido. Para ello, se puede contar con la asistencia de un pacer, es decir, un acompañante a pie, especialmente en horas nocturnas y de la madrugada cuando más se sienten los efectos de la falta de descanso y el estado de vigilia). Son precisamente esos lugares donde comienzo a sufrir una deformación de lo que captan mis sentidos: Veo que los árboles se transforman en extraños seres, como duendes, que me están esperando agazapados al costado del camino.

Cuando diviso una vez más la 4 X 4, mi alegría fue inmensa: Necesitaba sí o sí dormitar unos breves minutos. Ya era de mañana, eran los primeros minutos del día y le pido a Gerardo que me ayude a aliviar los efectos de la falta de descanso. Ingreso al vehículo, me siento, recuerdo que mi interlocutor me hablaba y de golpe, perdí totalmente el registro de la conversación. Recuerdo haberme despertado estando sólo en el auto. Tenía la impresión que hacía horas que estaba durmiendo, pero no. Había sido un breve descanso de unos minutos –me aclaró Gerardo entre risas quien aguardaba afuera-, pero mi sensación era como si hubiera dormido largas horas.

Luego de ese acotado, pero muy reparador sueño, continúo viaje con el previo aliento de mi apoyo. Sabía que ya había cruzado el meridiano de la prueba, pero no podía cantar victoria porque aun restaban largos y complicados kilómetros. Tenía una motivación muy fuerte para finalizar la prueba: el anuncio de la llegada de mi hijo realizado días atrás por mi esposa. Así, en muchas partes del recorrido, cuando pasaba por un lugar donde estuviera algún miembro de la organización o voluntario de la carrera enterado de aquella noticia, se escuchaba un “forca pai” –fuerza papá-. Los caminos se unían: El Camino de la Fe en la Sierra de la Mantiqueira como circuito de la carrera, y el existencial, el de la paternidad. Otra vez, la trascendencia…

A nuestro equipo, ya transcurriendo la segunda parte de la carrera, en forma espontánea, se unió el atleta brasilero Julio Latini, gran admirador de la Argentina y muy servicial, hospitalario. Su intervención fue importante porque él ya había corrido y completado la Brasil 135 millas en ediciones anteriores por lo que nos ayudaría a orientarnos mejor en el camino que aun restaba por completar. Con esa asistencia respecto al rumbo de la prueba, atravesamos Ciudades como Borda da Mata –Kilómetro 135-, Tocos do Moji –kilómetro 156- y Estiva –Kilómetro 176-. El arribar a esta última Ciudad es toda una inyección de optimismo para el corredor y su equipo porque si bien a esa altura de carrera el cuerpo siente tremendamente la distancia que ha desandado y las dificultades atravesadas, significa una renovación emocional porque se toma como hito para comenzar a recorrer la última maratón de las 5 que desafía la prueba. En algún punto de ese trayecto, lo veo arribar al Director de la prueba, Mario Lacerda, quien se baja de su vehículo con una gran sonrisa y me dice en su muy buen castellano: “Gonzalo, estás a punto de convertirte en el primer argentino en completar la Brazil 135 miles”.  Cuando escuché estas palabras de aliento provenientes nada menos que del mentor de este gigante desafío, una gran emoción invadió todo mi ser. Sin embargo, sabía que debía continuar enfocado en el camino y que la travesía aún no había terminado.

Cuando arribé a la Ciudad de Consolacao, en el kilómetro 196 de la prueba, me sentía entero, capaz de terminar la prueba; a esa altura vuelvo a encontrarme con Gerardo y Julio en la 4 X 4. Creo que ellos estaban igual o más ansiosos que yo por terminar semejante desafío. Pero allí sobrevino otro momento difícil. Empezamos a apurar la marcha con las estrofas sonando del himno nacional argentino -que provenía de la 4 X 4 y se escuchaba a gran volumen-. No sé al día de hoy de dónde sacaron esa música, pero lo recuerdo como una nota de color que en ese momento me tomó totalmente de sorpresa. Creíamos que estábamos a escasa distancia de Paraisópolis, hasta que Julio se adelanta para ver hacia el final del camino donde había una elevación. Supuestamente desde allí se comenzaría a divisar nuestro punto de llegada: “La soñada Ciudad de Paraisópolis”. Pero, nada, la Ciudad no estaba allí. Al parecer, nos habíamos desviado del camino de la carrera. En ese momento, otra vez sobrevolaron los fantasmas corporizados en la sensación de temor por no poder arribar a meta, aquellos que me invadieron por el kilómetro 105 de la edición anterior cuando mi cuerpo quedo tieso para no moverse más…

Pero ningún momento es igual a otro, cada acontecimiento lo vivimos de una manera única e irrepetible. Y ese año, las cosas tenían que ser distintas; por lo menos eso era lo que en esas críticas circunstancias trataba mi mente de enviarle en forma de mensaje a mi cuerpo: pensamientos positivos orientados hacia el arribo a meta.

Aun disponía de un interesante margen de tiempo para completar la prueba lo que me invitaba a ser optimista. Así que me enfoqué nuevamente en el camino. Sin embargo, con el transcurso de la carrera, se fue gestando otra dificultad que suele ser característica de las largas distancias, más aun cuando el calor genera mayor fricción del pie con la zapatilla: Las ampollas. Este es un aspecto del cuidado del corredor que no todos le adjudican la importancia que merece. Es más, suele ser la causa determinante del abandono de una buena parte de los competidores en algunas ultramaratones donde se acumulan una gran cantidad de kilómetros. En mi caso, tengo bastante predisposición a que se me formen con rapidez, por lo que es uno de los factores que me preocupa a la hora de evaluar los mayores riesgos sobre mi continuidad o mi rendimiento en carrera.

 En ese peregrinar que ya comenzaba a ser tortuoso, otra vez me encontré a Gerardo y a Julio Latini. Ambos me miraron fijamente y me dijeron: “Gonzalo, sólo tienes que seguir unos minutos más a paso firme por este camino. Ahora sí: Estás a las puertas de Paraisópolis!!!”

Epílogo:

“Bienvenido al Paraíso”. Así parecía decirme el ingreso a la Ciudad de Paraisópolis la que lucía un gigante cartel de recibimiento. No existe manera de describir con total precisión tremenda alegría, con una intensidad y profundidad tan singulares que ninguna palabra, por más atinada que luzca, será suficiente para  expresar lo que se siente en ese momento: Trascender al cruzar la meta, dejar el ser que era antes de cortar la cinta de llegada y comenzar a ser otro desde ese mismo momento. Aunque, para ser sinceros, esa trascendencia ya me había sorprendido antes de empezar la carrera y era por noticias de paternidad que viajaban desde Argentina…

Continuará con el Tercer capítulo.

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Agradecemos a Gonzalo por compartir sus vivencias con nosotros y por colaborar para que espiritulibre.com.es siga vivo.

Por supuesto que esperamos por ese tercer capítulo.  

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BR135+, Crónicas, Running, Ultrarunning

MI HISTORIA EN LA BR135+ – GONZALO FRIAS.

21 enero, 2020

Gonzalo Frías es un atleta argentino, que posee una conexión especial con la dura carrera de ultrafondo brasileña BR135+. Algunos datos de este atleta: Fue el primer argentino en completarla y es el argentino que más veces ha sido finisher. También es el atleta latinoamericano (no brasileño) que más veces ha completado la carrera de forma consecutiva.

La historia de Gonzalo en esta durísima ultra de 217km merece ser contada, por eso hoy les presentamos el primer capítulo, de una serie de cuatro crónicas, con todo lo que ha vivido este atleta argentino en todas las ediciones, de la BR135+, en las que ha participado.

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Por: Gonzalo Frias.

Prólogo.

La Brasil 135 millas es un desafío personal sin comparación con ninguna prueba de ultra endurance. Según su mentor Mario Lacerda, completar esta prueba, por las prolongadas, pronunciadas e interminables pendientes, equivale a subir y bajar el monte Everest. 

El mes de Enero, pleno verano en Brasil, le agrega el condimento de correr con un calor intenso por las elevadas temperaturas y humedad.

La modalidad non stop termina por convertirla en un complicado reto donde sólo la férrea voluntad de finalizar la prueba permitirá a los atletas arribar a meta después de correr 217 kilómetros durante 2 días y noches por los morros de la Sierra de la  Mantiqueira en el Estado de Minas Gerais. 

Estas crónicas intentarán contarles cómo un grupo de aventureros de los más variados países intentamos desafiar los complicados recorridos del «Camino de la Fe» en un lugar de ensueño con tierra roja y frondosa vegetación plagado de pequeñas iglesias en medio de lugares selváticos y montañosos que serán un viaje en el tiempo.

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CAPITULO UNO – AÑO 2008.

DERRUMBARSE A LAS PUERTAS DEL PARAÍSO.

Tras completar en el año 2006 la tremenda Maratón des Sables -que significa arenas en francés- en el Desierto del Sahara marroquí, creí que podía vencer cualquier desafío como el de la BR135 que se me planteó por el mes de enero del año 2008. Grueso error. Esta prueba es incomparable por el tipo de circuito con subidas interminables, el extremo calor húmedo, la gran distancia a completar en 2 días y noches y la necesidad de contar con equipo de apoyo (acompañante a pie y motorista) por su modalidad non stop. Esa combinación de factores la vuelve compleja, difícil de ejecutar y finalizar, para nosotros los extranjeros que no conocemos el complicado circuito que si bien está bien señalizado, posee algunos tramos donde es fácil desorientarse y más aún avanzada la prueba por el agotamiento propio de la acumulación de kilómetros en poco espacio de tiempo.

Para acometer exitosamente un desafío tan singular como éste, se requiere contar con un equipo integrado por un pacer y un motorista. El primero es un acompañante a pie durante algunos tramos de la travesía, especialmente en horas críticas como la noche y madrugada en que los sentidos comienzan a jugarnos una mala pasada fruto de la falta de sueño y el cansancio pudiendo llegar a sufrir incluso ciertas alucinaciones. El segundo también resulta indispensable porque en su vehículo llevará fundamentalmente buena parte de la comida y de la bebida que el competidor irá consumiendo a lo largo de la extensa marcha.

En mi caso particular, esta necesidad de equipo sólo la entendí una vez realizado mi primer reto en aquel año 2008. Para ese entonces “mi team” lo conformaba en solitario mi esposa Silvia quien en todo momento de la prueba le puso a su asistencia “la garra charrúa” de los entrerrianos aunque sus denodados esfuerzos debo reconocer que estaban muy lejos de la perfección sincronizada de un equipo preparado y conformado por más de una persona. Silvia se manejaba a pie y hacía lo que podía, me acompañaba por momentos al trote y dependía de la solidaridad de algún vehículo, sea de la organización o de algún apoyo de los otros competidores, para movilizarse en trechos largos. De este modo, en los sectores habitados del camino aprovechaba para hacer alguna compra de comida y bebida para abastecerme.

En la Brasil 135 millas existen diferentes puntos de asistencia que a la vez son hitos en la prueba. La largada se realiza desde Sao Joao de Boa Vista. El primer punto importante como referencia de la carrera es sin dudas Aguas da Prata, porque se encuentra en el kilómetro 33 por lo que es próximo al sector donde se completa el primer maratón de la prueba (corresponde recordar que la BR135 consiste en correr 5 maratones de 42 kilómetros seguidas) A esa altura de la prueba ya el corredor debutante comienza a tener una idea más acabada de la dureza del circuito y de cómo responde su físico, organismo y especialmente, su mente.

Recuerdo que en ese primer tramo de la competencia ya se iban perfilando quiénes serían mis “compañeros” de ruta en diferentes tramos del recorrido: Carlos Días y Erisvaldo Paulino serían mis compañeros de ruta en buena parte de la travesía. El primero es un ultra corredor impresionante. Recorrió Brasil de punta a punta en una travesía en solitario y completó el circuito 4 Deserts ( Atacama, Sahara, Gobi y Antártida) entre varios desafíos. El segundo es un experimentado peregrino que completó el llamado «Camino de la Fe» que, precisamente, en una parte consiste en el recorrido de la BR135. Pero también compartí tramos del recorrido con Rodrigo Cerqueira, una gran persona con quien pude intercambiar varias impresiones gracias a su muy buen castellano. Sin olvidarme de Antonio Hummel, un personaje sin igual, un veterano peregrino (así se denomina a quienes recorrieron a pie el Camino de la Fé en la Sierra de la Mantiqueira imitando el Camino de Santiago de Compostela en España) y otro de los pioneros de esta carrera. A Hummel lo bauticé “el hombre de las bolsitas” porque tenía bolsitas de plástico para todo: Para llevar aparte en la mochila la ropa humedecida, para llevar la comida separada, para proteger la mochila de la lluvia, para proteger la cabeza de la lluvia y así para todo. Tampoco olvidaré el momento en que comenzó a llover fuertemente y sacó de su mochila nada menos que “un paraguas” que incluso compartió conmigo en algunos tramos de la marcha.

Un grupo de corredores norteamericanos, fuertemente preparados, había dicho presente en la Brazil 135: Raymond Sánchez, de origen mejicano, con el fuerte antecedente de ser protagonista en la Badwater, Jarom Thurston, un abonado a este evento, siempre principal animador y Jason Obirek al que seguí en varios sectores de la carrera. Los 3 completaron el recorrido con distintos resultados, pero en el caso de Sánchez y Obirek sintieron en gran medida la dureza del desafío y debieron jugar con sus límites para arribar a meta.

En mi caso, me había acomodado en el pelotón de retaguardia de la prueba y el calor combinado con las durísimas pendientes que no acababan nunca, estaban haciendo estragos en mi cuerpo hasta que, por milagro de la naturaleza, se desató una de las tantas fuertes lluvias que caracterizan el clima tropical de esta región del Brasil. Fue como revivir. A diferencia de otros corredores, no significa ninguna dificultad para mí desenvolverme en dichas condiciones climáticas aun cuando sea torrencial, tal como ocurrió en esta parte del circuito. Pero ni el infierno de la selva brasileña ni la lluvia torrencial después desatada ni las pendientes “come piernas” me privaron de admirar un paisaje de ensueño donde se combinaban de manera maravillosa las acuarelas del verde potente del abundante follaje con el intenso rojo de la tierra que transitábamos en buena parte del camino. A ese entorno natural se sumaban las iglesias que me sorprendían cada tanto en lugares perdidos en medio de los morros y la vegetación. Parecía que, además de un viaje en la dimensión espacio, también me había transportado en el tiempo reconociendo toda una arquitectura de la época de las colonias en cada una de esas bellas capillas.

Cuando arribo al segundo gran hito de la carrera, la Ciudad de Andradas, en el kilómetro 66, llevo ya varias horas de marcha y la noche comienza a marcar un importante descenso de temperatura, máxime considerando el temporal desatado horas atrás que determinó, entre otras cosas, el desvío de los corredores en una parte del circuito en que se había desbordado uno de los tantos ríos que atraviesan la región. A esta altura de la travesía decido tomar una sopa bien caliente, fundamental para entrar en calor y al mismo tiempo, recuperar las sales que había perdido. En todos los puntos estratégicos del evento se puede optar por descansar algunas horas en algún hotel u hospedaje de la localidad a la que arriban los corredores, pero los gastos corren por cuenta del propio competidor y su equipo. Por otro lado, esta estrategia no es conveniente para los participantes de ritmo más lento, como en mi caso, en que prefiero parar unos minutos para alimentarme bien, cambiarme la ropa mojada por una muda seca y continuar camino. Una mala estrategia de carrera en cuanto a los descansos y sus tiempos puede ser determinante para no poder arribar a meta dentro del tiempo oficial prestablecido por la organización, por aquel entonces, 60 horas.

La noche transcurre en un largo tramo hasta alcanzar otro de los puntos clave de la competencia, Serra dos Limas en el kilómetro 84 de la competencia. Es plena noche y me encuentro formando una tríada con los mencionados Erisvaldo Paulino y Carlos Días. Tenemos un ritmo de carrera similar y eso nos ayuda a sobrellevar mejor las largas horas nocturnas. El organizador de la prueba, Mario Lacerda, cada tanto pasa con su vehículo para alentar a los corredores. Cuando nos toca a nosotros recibir su apoyo, se forma un interesante duelo verbal entre Argentina y Brasil, lógicamente que sobre fútbol. Mario me grita a la distancia: “Pelé es melhor que Maradona” y yo le replico, también a la distancia: “Maradona es mejor que Pelé”. Este duelo se repetiría en cada visita del director de la carrera y terminó por convertirse en una risueña forma de comunicación entre nosotros y también para mitigar los rigores propios de la dura carrera. En Serra dos Limas decidimos descansar en la morada de un muy hospitalario anfitrión, Newton Lopes, otro brasilero muy interesado por intercambiar información relacionada con Argentina.

Cada tanto aparece mi esposa Silvia, siempre en algún vehículo producto de la solidaridad de los brasileños, trayendo bebida y comida, tal el caso de uno de los voluntarios de la organización, Glober Santos, un joven brasilero siempre muy dispuesto a tendernos una mano. Así, van transcurriendo los kilómetros, pasando por lugares como Crisólia en el Kilómetro 103 y Ouro Fino, en el 109. Son lugares con increíbles pendientes, muy escarpadas y pronunciadas que van quitando piernas a los corredores. En mi caso, siento que estas subidas no terminan nunca y cuando creo que viene una tregua, inmediatamente otra pendiente me está esperando a la vuelta de la esquina. Así, hasta llegar a otro de los puntos decisivos de la prueba, en la localidad de Inconfidentes, a la altura del kilómetro 117. Este lugar es importante por dos razones. Una, porque cuenta con una estación de servicio que en la parte superior posee habitaciones que, sin cargo, pueden ser ocupadas por los atletas para un reparador descanso. La otra, que a esta altura restan exactamente 100 kilómetros para finalizar la prueba y aquí el corredor ya tiene una idea más aproximada de sus reales posibilidades de completar la distancia total. Es como que empieza una nueva ultra de 100 kilómetros, con un plan de carrera diferente al realizado hasta ese momento; la mente dice en esta parte del circuito: “borrón y cuenta nueva”, hay que concentrarse en esta “otra ultramaratón” de una centena de kilómetros.

Cuando un corredor ya lleva sobre el lomo el duro trajín de 117 kilómetros de dura montaña selvática realmente prepara otra carrera, diferente a la que comenzó porque se trata de una prueba muy mental que cada vez deja más de lado el aspecto físico. Es más, necesita prescindir de lo corporal para no recibir con toda su intensidad los mensajes de agotamiento, dolor, cansancio, falta de sueño que el organismo repite una y otra vez en forma insistente. La mente del ultramaratonista aprende a “anestesiar” al cuerpo como una condición indispensable para poder sobrevivir a la dureza de la prueba, máxime cuando la misma se caracteriza por la agonía que significa enfrentar la cuantiosa cantidad de más de 200 kilómetros, interminables, como si el tiempo no transcurriera, como si el reloj se detuviera contemplando los padecimientos del corredor de ultrafondo.

Mientras tanto, en la punta, el invencible atleta local “Ligerinho” se perfila imparable hacia la Ciudad de Paraisópolis donde lo aguarda la ansiada meta. Todavía la Brazil 135 millas no contaba con un extranjero que pudiera derrotar a los fondistas locales de la talla del nombrado Ligeirinho, Aureo Adriano y Ariovaldo Branco (este último recibido de spartatleta) entre otros.

Regresando a mi carrera, ya durante el día, tras descansar una breve hora en Inconfidentes, continué avanzando kilómetros pasando por las Ciudades de Borda da Mata en el kilómetro 135 y Tocos de Moji, en el kilómetro 156. El calor nuevamente hacía estragos en nuestros cuerpos. Las impiadosas temperaturas húmedas del verano no nos daban tregua en ese segundo día de la prueba llegando a las primeras horas de la tarde como un punto difícil de superar. También encontramos partes del camino totalmente anegadas por la fuerte tormenta desatada el día anterior. Estábamos obligados a meter nuestras piernas en verdaderos lagos de fango que a veces se mezclaban con el estiércol de los cebúes, que son una de las principales fuentes de producción del Estado de Minas Gerais. Cuando lográbamos emerger de esa combinación de lodo y abono, era impresentable el estado de nuestras zapatillas que pesaban una tonelada hasta que lográbamos deshacernos de esa costra que se adhería al calzado.

Cuando arribé a la Ciudad de Estiba en el kilómetro 176 de la competencia realmente creía que podía completar la distancia. “Sólo” me separaba un maratón de 42 kilómetros de la línea de meta (la distancia recorrida ya equivalía a haber superado 4 maratones seguidas). Recuerdo que en esa localidad me recibieron los voluntarios y organizadores con gran júbilo. Para ellos, cada arribo de los corredores a los puestos de control era un gran motivo de celebración porque simbolizaba el ir superando de a poco los distintos desafíos que significaban cada tramo de la travesía. Pero algo pasó a medida que me iba acercando al punto llamado Consolacao ubicado en el kilómetro 196 de la prueba. Por un error de cálculo y de falta de conocimiento del circuito, creí haber llegado a esa localidad por lo que empecé a acelerar el ritmo de mi trote, es más, apuraba a mi esposa que me acompañaba en ese momento porque estaba convencido que estábamos muy cerca de la meta. Mi preocupación por acelerar radicaba en que contaba con poco margen para arribar a meta dentro del tiempo límite establecido. Luego, la desilusión: aun restaban casi 30 kilómetros para cruzar la línea de llegada. Ya no estaban mis compañeros de ruta, Erisvaldo Paulino y Carlos Días, que se me habían adelantado rumbo a meta. Estábamos solos en medio de una ruta desconocida Silvia y yo, que percatado del error de cálculo de la distancia, comenzaba a flaquear en mis fuerzas. Para colmo de males, no pudimos tener contacto en ese tramo con nadie de la organización que nos orientara sobre el tramo que restaba transitar.

Después de recorrer 205 kilómetros durante 2 días y noches, me detengo en plena carretera con mis piernas totalmente tiesas. En pocos minutos mi cuerpo no puede trasladarse más presa del agotamiento. La hipotermia me invade producto del extremo cansancio y el frío repentino del anochecer. Es el fin de mi esfuerzo. Me he derrumbado a las puertas del paraíso porque, paradójicamente, la llegada se encuentra en una Ciudad llamada «Paraisópolis».

Luego de semejante esfuerzo sin poder arribar a meta, lo primero que pensé es no volver a someter nunca más mi cuerpo a esa paliza. Sin embargo, no imaginaba todavía en ese momento de quiebre que al año siguiente regresaría para continuar con un proceso de 4 años que me permitiría alcanzar uno de los hitos más trascendentes de mi vida atlética. Ese final fallido a las puertas de Paraisópolis, lejos de ser el cierre, era el comienzo de una fuerte experiencia de vida en la que, a su término, tendría el placer de llevar en mi mente y corazón guardados como tesoros las inolvidables experiencias con corredores y personas singulares de las más variadas nacionalidades, culturas y credos, todo en medio de un paisaje de ensueño que, como un imán, me atraería año a año a correr agotando absolutamente todo mi ser en cada una de mis 4 participaciones.

Gonzalo junto a su esposa. Año 2008.

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Por supuesto que esperamos por ese segundo capítulo.  

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