Browsing Category

Crónicas

BR135+, Crónicas, Running, Ultrarunning

MI HISTORIA EN LA BR135+ – GONZALO FRIAS.

20 marzo, 2020

Gonzalo Frías es un atleta argentino, que posee una conexión especial con la dura carrera de ultrafondo brasileña BR135+. Algunos datos de este atleta: Fue el primer argentino en completarla y es el argentino que más veces ha sido finisher. También es el atleta latinoamericano (no brasileño) que más veces ha completado la carrera de forma consecutiva.

La historia de Gonzalo en esta durísima ultra de 217km merece ser contada, por eso hoy les presentamos el tercer capítulo, de una serie de cuatro crónicas, con todo lo que ha vivido este atleta argentino en todas las ediciones, de la BR135+, en las que ha participado.

.

Por: Gonzalo Frias.

CAPITULO TRES – AÑO 2010.

EL ETERNO REGRESO

Por qué un atleta regresa a una prueba tan dura como la Brazil 135 miles por tercer año consecutivo?

Qué sensaciones, motivaciones, sentimientos, objetivos, proyectos mueven a un maratonista a correr por tercera edición consecutiva una de las pruebas de ultrafondo más complicadas de latinoamérica cuando ya ha logrado ingresar al “olimpo” de los finishers el año anterior?

Las respuestas a tales interrogantes son muy difíciles y complejas de ensayar. Porque es una combinación de factores lo que lleva a renovar semejante reto sin que esa ecuación arroje un resultado claro del por qué enfrentarse una vez más a semejante reto personal.

Corría el mes de enero del año 2010 y nuevamente me encontraba en la línea de partida de esta carrera brasileña con visos de epopeya. Esta vez tendría como pacer al maratonista local Luiz dos Santos. Un experimentado fondista brasileño con quien me había contactado la organización de la prueba para que me acompañara y asistiera en buena parte del recorrido. Pero no sería éste el único integrante de mi equipo de apoyo. Además, contaría con la ayuda del brasileño Tuim Andre Souza Alves, quien haría las veces de motorista, con su vehículo me asistiría con comida y bebida en puntos claves del recorrido, pero que también reunía importantes conocimientos como masajista, por lo que su aporte se convertiría en vital durante varios pasajes de la carrera, sobre todo cuando mi cuerpo fuera acumulando ya importantes kilómetros que comenzaran a generar señales de fatiga muscular.

En esta edición me propuse un doble objetivo: Volver a finalizar la prueba como el fin prioritario, pero también intentar mejorar mi tiempo o récord personal.  El circuito era prácticamente el mismo que había recorrido el año anterior con idéntica distancia (217 kilómetros) e iguales puntos del trayecto, vale decir que nuevamente atravesaría las pintorescas y singulares ciudades que recorrí en la edición pasada.

Este año tuvo el fuerte condimento de tener que soportar en varios pasajes del recorrido elevadas temperaturas y humedad que se convertían en un factor de gran desgaste, especialmente para los extranjeros poco habituados a la gran humedad del Brasil con sus paisajes selváticos. Las fuertes precipitaciones que suelen caracterizar el clima de verano en esta región del Brasil –el estado de Minas Gerais- esta edición estuvieron prácticamente ausentes, lo que significaba no encontrar ninguna tregua frente al rigor del excesivo calor hasta que el sol cayera y con él, también la temperatura.

Por primera vez en la historia de la prueba se ha alistado en la línea de partida una ultramaratonista argentina. Se trata de Susana Segurel, atleta de la Ciudad de La Plata con quien apenas llegado a Brasil, me entrevisto para conocernos y compartir algunas estrategias para la carrera, especialmente diversos datos de la competencia que yo podía transmitirle a partir de mi experiencia en las dos últimas ediciones del evento. También vamos a compartir la asistencia del mismo motorista quien deberá repartirse a lo largo del circuito en procurar todo lo necesario para ambos. No será fácil porque cada uno tiene su propio ritmo de carrera. Si bien en los primeros kilómetros de la prueba decidimos ir juntos, luego a medida que van transcurriendo las horas, Susana resuelve desprenderse e imprimirle a su marcha un ritmo más rápido que el mío.

Igualmente, por primera vez en el historial de esta carrera un atleta boliviano desafía los duros 217 kilómetros de la prueba. Se trata de Yso Yucra con quien comparto varias impresiones de la competencia, principalmente para transmitirle, también como a Susana, cierta información sobre el evento que seguramente le serán valiosos, tales como el tipo de recorrido, las estrategias de carrera más convenientes y la importancia de los descansos en los puntos clave de la competencia. Este atleta lograría una gran perfomance  ubicándose en el puesto 13° de la general y 3° entre los extranjeros, delante de 2 atletas norteamericanos de gran nivel competitivo como Brian Krogmann (3° lugar) y Raymond Sánchez (8° puesto), este último permanente animador de cada una de las ediciones de la prueba.

En la Brasil 135 millas, por su extensa e intensa duración, las experiencias y sensaciones que se vivencian son muy cambiantes y disímiles. Tan luego se experimenta gran agobio en una parte de la prueba por circunstancias tales como la letal combinación de alto porcentaje de humedad y temperaturas elevadas como también en cuestión de pocas horas se puede pasar a sentir el alivio que trae el atardecer con una baja importante de temperatura aunque cuando se ingresa al anochecer y máxime si se interna el corredor en la montaña,  ese alivio se convierte en poco tiempo en un verdadero padecimiento de las bajas temperaturas que puede llevar, combinado con la fatiga y la falta de sueño, a la misma hipotermia.

En aquella edición la carencia de lluvias y el calor reinante durante un tiempo prolongado en una franja horaria oscilante entre el mediodía y el atardecer, terminaron constituyendo un factor de la prueba que determinó el abandono de varios atletas calificados, entre ellos, David Walker de Nueva Zelandia; Rebecca Doedens y Thomas Mcgee de Australia; el veterano local de mil batallas Antonio Hummell y corredores de élite como el brasilero Agnaldo Sampaio y el español Joan Villa, entre otros.

Llegando casi al meridiano de la competencia, en el kilómetro 109, arribo a la Ciudad de Ouro Fino donde los calambres y las contracturas comienzan a hacer estragos en mis maltrechas piernas; pero allí surge la intervención reparadora de Andre Souza Alves, miembro de mi equipo, conductor del carro que me abastece, quien comienza a hacer un despliegue espectacular de sus milagrosos masajes. Cuando Andre termina su faena, puedo afirmarles que me transformo casi en un hombre nuevo para acometer los  últimos 100 kilómetros del trayecto con los ímpetus necesarios para semejante desafío.

También a esa altura de la carrera me encuentro en plena noche, en una plaza con su infaltable iglesia, y en total soledad, con el atleta español radicado en México, Joan Villa  quien estaba manipulando un extraño aparato. Allí fue cuando me explicó que tenía diabetes y que con dicho adminículo se medía cada tantas horas sus niveles de glucosa para evitar una posible descompensación durante la carrera. Este tipo de circunstancias sólo se viven en pruebas de este formato donde transcurren largas horas y días por lo que hay que prestarle más atención a los mensajes que nos envía nuestro cuerpo, máxime cuando, como en el caso del ultramaratonista español, el corredor presenta alguna dificultad física, dolencia o estado de salud que merece ser monitoreado permanentemente. Acerca de la diabetes, he conocido también en otras pruebas de muy largo aliento, de varios días de duración, otros atletas con esta problemática; pero con estrictos controles y cuidados personales durante la prueba, han sorteado sin inconvenientes dicho escollo.

A medida que vamos atravesando las diferentes ciudades que sirven de puntos de asistencia, control y referencia de la prueba, adopto como táctica de carrera seguir el ritmo del trío de corredores estadounidenses compuesto por el experimentado Jarom Thurston y los novatos en esta prueba Tony Portera y Kenneth Posner que marchan unos pocos metros delante mío. Dicha estrategia me permitió mejorar mi ritmo de carrera y, sin darme cuenta, comenzar a pasar corredores como la experimentada ultramaratonista local Mónica Otero, gran anfitriona en mi primera visita a esta prueba y dueña del récord consistente en convertirse en la primer mujer de ese país en terminar no sólo la Brazil 135 millas sino el infierno de la Badwater 135 miles en el Desierto de Arizona.

Justo en ese tramo del camino, se me acerca el organizador de la prueba, Mario Lacerda en uno de los carros de apoyo, para avisarnos que Susana Segurel, la  primera representante argentina en competir en esta prueba, ha abandonado producto del agotamiento total. Una vez más me transformo en el único argentino en pie para procurar acabar este tremendo desafío. Tendré que dejar todo en esos algo más de 100 kilómetros que me esperan con sus demandantes pendientes rompe piernas y con el calor como enemigo emergiendo al acercarnos al mediodía.

En lo que queda por recorrer, dos ciudades son verdaderos hitos de la competencia: Inconfidentes, ubicada en el kilómetro 117 del trayecto, y Estiva, en el kilómetro 176. Cuando se arriba a la primera de las nombradas, comienza la cuenta regresiva para acometer un ultramaratón de 100 kilómetros, pero con el hándicap de haber corrido ya otro ultramaratón de prácticamente la misma distancia, con todo el desgaste que ello conlleva. Cuando se logra arribar a la segunda de las ciudades referidas, se está a las puertas de la llegada, si se tiene en cuenta que ya se logró correr 4 maratones seguidos de 42 kilómetros y que “tan sólo” falta uno más.

Sin embargo, en esta edición las ampollas aparecen como nunca antes, a punto tal de convertirse en una verdadera pesadilla. Cada paso que doy es un pequeño tormento que se suma a los múltiples tormentos de los pasos ya dados y los pasos por dar. Necesito trotar enérgicamente y, por momentos, correr, porque el calor del cuerpo atempera un poco el dolor de las ampollas. Cuando paro un momento para comer algo que me aporta Andre o Luiz, las molestias aumentan en un grado inimaginable. Así, esos 42 kilómetros finales de Estiva a Paraisópolis donde me espera, una vez más, la tan ansiada meta, se vuelven quizá en el maratón más tortuoso de todos los que he corrido hasta allí en mi vida. Pienso que si paro a hacerme atender mis pies desechos, tal vez ya no pueda volver a trotar. Por eso, prefiero seguir trotando aunque lastimosa y dolorosamente; pero nunca detenerme.

Después de transcurrir más de 5 horas soportando terribles dolores, avizoro Paraisópolis y veo la cinta de la llegada esperándome; veo la gente esperándome; veo mi 2° finisher consecutivo esperándome y me imagino a mi esposa y mi hijo esperándome en mi Córdoba natal.

Al trasponer la línea de meta y cortar la cinta de  llegada, el alivio tanto mental como físico son inconmensurables e inenarrables. Traspasada la línea de finalización de la carrera, una ambulancia está esperándome para practicarme urgente los primeros auxilios en mis indescriptibles pies habitados por bolas de sangre y pus. Los médicos y enfermeros trabajan casi una hora sobre ellos. La Red O Globo capta la dramática llegada que se convierte en noticia por mis gestos mezcla de euforia, dolor y alivio a la vez.

Cuando salgo de la ambulancia, los abrazos y las felicitaciones con mi equipo, corredores, organizadores y espectadores son interminables. Me llevo otra vez todo el afecto de la gente de Brasil que, creo, es una de las principales causas de mi “eterno retorno” a la carrera.

Cuando reposo ya en una habitación de mi cálido hogar en Córdoba, un interrogante surge casi como una obsesión paranoica: Habrá una 4° Brazil 135 miles?

Continuará…

.

.

Agradecemos a Gonzalo por compartir sus vivencias con nosotros y por colaborar para que espiritulibre.com.es siga vivo.

Por supuesto que esperamos por ese cuarto y último capítulo.  

Si te ha gustado este post y quieres apoyarnos para seguir creando contenido, pincha en el siguiente link y ayúdanos a mantener esta web funcionando

https://www.patreon.com/espiritulibre

Crónicas, Running, Ultrarunning

MIS PRIMERAS 100 MILLAS – MAITE ROJO.

14 febrero, 2020

Nuestra amiga de la casa, Maite Rojo, está en Nueva Zelanda y participó de unas de las pruebas de ultratrailrunning clásicas para muchos corredores de élite de ese deporte. Como incida el titulo, esta fue su primera aventura de 100millas, a continuación compartimos su relato.

.

.

Por: Maite Rojo.

Ultra Trail TARAWERA 8/02/2020

Cuando era una adolescente y practicaba atletismo en pista (1500m), jamás se me hubiera pasado por la cabeza que hubiera llegado a viajar tanto para practicar mi deporte preferido en un entorno tan espectacular.

¿Por qué el ultramaratón de Tarawera, en Nueva Zelanda? Hace casi 12 años vine de viaje a este país, recorrí 9000kms por la isla del norte y del sur (no corriendo, no os vayáis a pensar) y no encuentro palabras para describir, a los amantes de la naturaleza, muchos de los lugares que visité.

Hace un par de años empecé a oír hablar del Ultra Tarawera por otros corredores internacionales y por casualidades del destino, o más bien del trabajo, he venido a Nueva Zelanda en las mismas fechas en que se celebra la prueba. ¿Suerte? ¿Destino? Un poco de las dos. Aquí iba a estar, así que me armé de valor y me inscribí en las 100 Millas.

Después de toda una semana con nervios, porque imaginaba lo duro que iba a ser, llegué el viernes a Rotorua, la salida, la zona más representativa de los maoríes en el centro de la isla del Norte. Aunque por desgracia ya se conoce como “Rotovegas”, por la cantidad de turistas y viajeros que van a visitarla.

La llegada es en Lakefront, justo en el centro neurálgico de la ciudad y de un área geotérmica. Sí, sí, habéis oído bien, un área completamente volcánica.

El ambiente, siendo Tarawera una carrera que forma parte del circuito “World Trail Tour”, y apoyado por la marca “Ironman” es impresionante.

Para las 100 millas hay que llevar una mochila con el material obligatorio, además de lo que uno personalmente quiera llevar. Se puede hacer la comprobación en tiendas especializadas antes de llegar y así no es preciso hacer cola en el día de la prueba.

Cuando llenas el agua de la mochila llevas a cuestas entre 2/3kg.

Material obligatorio:

  • Frontal con baterías de repuesto.
  • Top largo térmico de polipropileno o lana.
  • Pantalón/ malla larga térmica de polipropileno o lana.
  • Gorro térmico o buff.
  • Guantes térmicos.
  • Chaqueta a prueba de agua sellada con capucha.
  • Funda de supervivencia (¡no manta!)
  • 2m de vendaje autoadhesivo, de 40 mm de ancho.
  • Móvil cargado con una funda estanca.
  • Batería externa.
  • Vaso, botella de agua para rellenar, porque no hay vasos de plástico.

¿Ropa térmica en el verano de Nueva Zelanda, en medio de una ola de calor? Luego lo entendí bien. Las temperaturas oscilan entre los 30º durante el día y bajan a menos de 10º por la noche. Durante la carrera cayeron un par de “calabobos”, si te lesionas en ese momento y estás en el medio de la nada (donde ni los que te apoyan o un coche puede llegar), la hipotermia puede ser un riesgo bastante grande y tener esa ropa térmica a mano puede salvarte. Además, menos de un cuarenta por ciento de los/las participantes completa la carrera en menos de 30hs y el tiempo máximo para acabarla son 36hs. Eso significa mucho tiempo y muchas calorías quemadas, lo que equivale a pasar en algún momento de la carrera mucho frío, incluso en verano.

Después de la comprobación del material y retirada de dorsal (donde también te pesan), Jason (mi apoyo) y yo nos fuimos a ver el último tramo de carrera (“Redwoods”), la zona de la salida y finalmente a descansar a un cámping que hay justo en frente. Una vez relajados repasamos la lista de los quince avituallamientos y la bolsa con lo que iba a necesitar y con todo lo más importante para mí, cada corredor sabe sus manías.

Después de intentar dormir unas cinco horas, me levanté a las dos de la madrugada, dos horas antes de la largada (4am) y me di cuenta de que me había olvidado traer algún tipo de cafetera y la cocina del cámping estaba cerrada con llave. ¡Vaya por dios!

Salimos andando hasta “Te Puia”, la zona de salida y comenzó la lluvia. El parte meteorológico la pronosticaba de 4:00am a 6:00am y no se equivocó. Entramos en una especie de parque temático y caminamos por un paseo de madera al lado de un geyser erupcionando (Pōhutu). Pasamos por una nube de vapor como de niebla caliente, con carteles que dicen algo así como “Cuidado donde te sientas, las piedras están calientes”. ¡Y lo están!

En este escenario, después de una pequeña introducción del director de carrera, todo el mundo se coloca en línea de salida y comienza una “haka» (danza guerrera maorí). Ya no sabe uno si reír de los nervios, llorar de la emoción o todo a la vez. Encendemos los frontales, cuenta atrás y pum. ¡Salimos!

De camino al primer avituallamiento, en Puarenga (13km), encuentro al otro único español de la carrera, Diego, que viene desde Chile. Nos reconocimos por las zapatillas que llevábamos puestas en las fotos del Facebook. Los kilómetros, en la noche, se hicieron muy cortos hablando con él pero en un momento se adelantó y ya no lo volví a verlo. El lugar estaba lleno de gente animando, a pesar de ser las cinco de la mañana, de locos!

En el segundo avituallamiento, Green Lake (22km), relleno mis botellas y sigo. Aquí no hay espectadores y el ambiente está más calmado.

Buried Village (31km) es un antiguo poblado de casitas maoríes. Es de día, pero aún así seguimos un camino de luces, muy bien indicado. En cada cruce, incluso en medio de la nada, hay voluntarios esperando, enmantados por el frío, lo pobres. Más tarde supe que hay más de 600 voluntarios en toda la carrera. Me encuentro por primera vez con Jason, que me pregunta si he comido y bebido, como habíamos acordado. Todo el mundo aúlla y anima cada vez que entra un corredor.

En una zona entre árboles en la que no paramos de hacer eses; batallo durante kilómetros con una corredora que quedaría, finalmente, tercera de la general. Ella es de la zona y conoce el bosque como la palma de su mano. Tiene 50 y pico años, una fenómena.

Llegamos a Isthmus (46km), donde no hay espectadores y han decorado el avituallamiento como un campo de zombies. Cada avituallamiento tiene una temática y acabas riendo mucho. Un poco más adelante llegamos a un pequeño pantalán, donde aguardamos cruzar en barco al otro lado. Desgraciadamente se les estropeó un barco y tuvimos que esperar cinco minutos. Fueron cinco minutos de gloria, ya que en ese tiempo, un voluntario nos sirvió un “cocktails” (un zumo con hielo en vaso de martini) y pudimos sentarnos a sacarnos las piedras de las zapatillas.

Quinto avituallamiento, Rerewhakaaitu (55km). Llego bajando un tramo de carretera que da un pequeño descanso al continuo, esquivar piedras y raíces. Escucho un pasodoble de fondo y al rato veo a Jason ondeando la bandera española. Todo el mundo me mira y anima, aunque a mi me da un poco de vergüenza. Un voluntario me hace una pequeña entrevista con el teléfono mientras relleno botellas y dice cuando me preguntan de donde soy: “está claro que es española”. Todo en general me anima a seguir.

Después de algo más de carretera, alcanzo Okahu (62km) donde también llegan los espectadores. Jason me insiste en comer más, así que como un plátano y un sándwich de mantequilla de cacahuete con una bebida energética, que me saben a gloria en el momento. Será la última que vería a Jason, nos volveríamos a encontrar en el kilómetro 121.

Paso Wihapi (72km) y Puhipuhi (82km), veo voluntarios vestidos de hawaianos y otros como si estuvieran en la playa, con juguetes hinchables en el medio del bosque. Me animan un montón y me dicen que voy la 7ª mujer de la general.

Dejo atrás Titoki (94km) y corro a través de lo que es el “Tarawera trail”, con ríos, torrentes y puentes. Sigo hasta que llego a una cascada que me deja sin palabras.

Llevo más de la mitad de la carrera y alcanzo el kilómetro 104, llamado Oulet, donde ya empiezan a ofrecer café, té o sopa. Aunque me encuentro muy bien tomo algo de café y sigo. Desde el avituallamiento once, en Humphries (111km) hasta el siguiente en Okataina (121km), todo es un bosque cerrado, de camino estrecho que trascurre al costado de un lago, sendero precioso pero lleno de raíces. Me alegro de haberlo pasado de día, porque se hace difícil correr y me encuentro con varios lesionados durante ese tramo.

En Okataina me espera Jason y hay espectadores que no han visto a los suyos durante muchas horas, así que la llegada a ese avituallamiento es espectacular. Todo el mundo aplaude, sonríe, grita “¡bien hecho, buen trabajo!”.

Primero me cambio de ropa porque empieza la noche, hace viento y baja mucho la temperatura. Me pongo una camiseta térmica y la de mi equipo de Galicia, “Vertice” por encima. Esta camiseta y la camiseta del maratón de Coruña son las pequeñas cosas que me acompañan de casa, además de todo el apoyo de familiares y amigos a través de las redes.

La espalda me está matando y le pido a Jason que me unte crema anti fricción. Al parecer tengo parte del centro de la espalda sin piel por el roce de la mochila o el top. Me pongo otra camiseta térmica más holgada en la cintura y me acerco al avituallamiento, donde todos los voluntarios, todos muy cariñosos y vestidos de payasos. En ese avituallamiento tienen bizcocho de chocolate y café! Genial, me encanta, no quepo dentro de mí!

Ahora viene lo duro. Salgo a un camino en total oscuridad y aparece la cuesta más empinada de la carrera, con 125 kilómetros en las piernas. Aquí me doy cuenta del desnivel de la prueba, de unos 5470mts. Después de llegar a un cartel que dice “lo has hecho, has llegado a la cumbre” (como otros muchos letreros con frases de ánimo que hay en todo el recorrido) el sendero sigue lleno de sube y bajas como toboganes.

Después de dieciséis tortuosos kilómetros, veo un aviso que dice “cruce de río, nivel de aguas muy alto, ciclistas bajar de la bicicleta”. Por unos segundos me asusto un poco pero es verano y estamos en alerta por falta de agua, así que por suerte no hay nada, solo un socavón enorme.

Alcanzo el avituallamiento de Millar (137km) sin apoyo y que casi paso de largo, para llegar lo antes posible al Blue Lake (149km). Jason me espera dentro del coche porque hace un frío que pela, me paro para beber algo, pido un café y me empiezo a marear. Me acompañan a una tienda y con chocolate, café y plátano, me vuelvo a encontrar mejor. Viene la médico a verme, porque estoy tumbada en el suelo, pero ya noto la presión volviendo a su sitio ( algo normal en mi, tengo el azúcar y la tensión siempre muy baja). La gente es maravillosa, se acercan para poder ayudar y preguntar si estoy bien. En cuanto salgo de la tienda, una chica de la organización se acerca y me dice: “Española! llegaste! ¡Eres genial me encanta tu sonrisa!”. Entonces vuelvo a sonreír y nos damos un abrazo. Me dice que ya solo quedan nueve kilómetros hasta Redwoods y siete hasta la llegada de Lakefront. ¡Ya no queda nada!

Esto me anima mucho y salgo hacia la última parada, imaginando que ya será pan comido….Craso error! Pensé en el momento que a algún sádico se le había ocurrido, después de llevar 150 kilómetros en las piernas, someternos a nueve kilómetros de subidas y bajadas con escaleras. Con los pies muy doloridos me lleva casi dos horas completar esta parte. Llego a Redwoods, donde todos estaban disfrazados y ya se estaban preocupando por lo que había tardado, después del mareo de Blue Lake. En este tramo perdí un puesto pero ya no paré hasta la meta.

Visto los guantes térmicos porque ya no siento las manos y completo los casi siete kilómetros que quedan, que parecen no tener fin. La luna llena hace que a veces pueda apagar el frontal y quedarme embobada con el paisaje. Los árboles y los ruidos de los animales lo hacen todo un poco tenebroso y emocionante a la vez. Completamente plano y con un camino de arena blanca que se ve perfectamente. Sé que estoy cerca de Rotorua por el olor a sulfuro de las aguas termales. Los últimos dos kilómetros voy rodeada de aguas borboteando y llego a la ciudad, donde ya se oye el bullicio. De la emoción acelero hasta la meta. La lágrimas me caen por las mejillas y no puedo hablar.

La medalla de premio es un “Toki” de “greenstone” (piedra verde), que debes elegir y que tiene que ser regalado. Simboliza coraje y fuerza en momentos de adversidad y es el símbolo por excelencia del pueblo maorí. No me lo pienso quitar del cuello. Mucho esfuerzo y meses de entrenamiento han dado sus frutos, aunque estuve tres semanas bastante mal después de correr las 12h de Barcelona , más las 28hs de avión a Nueva Zelanda.

Ha sido una experiencia inolvidable. La organización de la prueba es de diez, una gente más que encantadora y un paisaje impresionante. !Todavía no me lo creo! Mi reto era acabar la prueba sin lesionarme, entre 24 y 26 horas. Completé las 100 millas en 24:52hs y finalicé la 8º mujer y 3ª en mi categoría. En ediciones anteriores con esta marca hubiera conseguido subir al pódium, lo que me puso aun mas contenta.

Ailsa McDonald, ganadora de la carrera, hizo un tiempo de 18:10hs. El ganador masculino fue Vladimir Shatrov, quien destrozó el récord masculino de la prueba con 15:53hs. Sin palabras.

Muchas gracias a toda mi familia y amigos, que me estuvieron siguiendo desde la distancia. Ya sabéis todos quienes sois. Os adoro. Gracias por el apoyo.

Gracias también a todos los que leáis esto y perdonad si me he extendido mucho.

Abrazos y kilómetros.

Maite

.

Si te ha gustado este post y quieres apoyarnos para seguir creando contenido, pincha en el siguiente link y ayúdanos a mantener esta web funcionando

https://www.patreon.com/espiritulibre

BR135+, Crónicas, Running, Ultrarunning

MI HISTORIA EN LA BR135+ – GONZALO FRIAS.

7 febrero, 2020

Gonzalo Frías es un atleta argentino, que posee una conexión especial con la dura carrera de ultrafondo brasileña BR135+. Algunos datos de este atleta: Fue el primer argentino en completarla y es el argentino que más veces ha sido finisher. También es el atleta latinoamericano (no brasileño) que más veces ha completado la carrera de forma consecutiva.

La historia de Gonzalo en esta durísima ultra de 217km merece ser contada, por eso hoy les presentamos el segundo capítulo, de una serie de cuatro crónicas, con todo lo que ha vivido este atleta argentino en todas las ediciones, de la BR135+, en las que ha participado.

.

Por: Gonzalo Frias.

Introducción.

Creo que quien logra arribar a meta después de desandar un largo camino en un maratón o una ultra maratón, trasciende desde una dimensión espiritual. Y cada vez que consigue alcanzar el final del camino, vuelve a trascender. Ya no es la misma persona que cuando comenzó a recorrer esa aventura, ese proyecto, ese sueño. Pero quizá, más importante que el arribo, sea el proceso: Seguramente en el recorrido habrá padecido, disfrutado, llorado, reído, fantaseado, delirado, pasado por momentos de desánimo y otros de euforia, todo con una intensidad distinta a la de cualquier otro evento que haya acometido en su existencia. Hasta alcanzar, por fin, la sublimación de su ser en esa tan esperada llegada. Pero, a veces, la vida no resulta exactamente como cada uno de nosotros la planeamos o imaginamos. Ese fue mi caso en el segundo intento en la carrera brasileña, porque me embarqué buscando dicha trascendencia en el terreno deportivo sin saber que una noticia desde Argentina me daría esa posibilidad desde otro plano totalmente diferente. Lo verdaderamente importante, entonces, es trascender sin importar el plano desde el que se lo hace y saber valorar y disfrutar también el atravesar todo el proceso previo, de eso se trata…

.

CAPITULO DOS – AÑO 2009.

SEGUNDAS OPORTUNIDADES SIEMPRE NOS DA LA VIDA.

Tras aquel primer intento de 2008 en la Brasil 135 millas que me dejó a las puertas del paraíso y, luego de proponerme no correr más esta prueba, llegó el año 2009 y con él la renovación de mis pensamientos y emociones: “Quiero intentarlo otra vez…quiero volver a Minas Gerais…quiero volver a experimentar intensamente los 217 kilómetros de la Sierra de la Mantiqueira”, repicaba este pensamiento una y mil veces en mi mente.

Nuevo proyecto y, con él, nueva estrategia de carrera: Contacto con un “spartatleta de ley”, un referente en el ultra maratón argentino. Sí, Gerado Re. Sí, gran proyecto…

-Hola Gerardo, no nos conocemos personalmente, pero sí a través de tu página, “Megainformes”, ya hace un buen tiempo… qué te parece la idea de acompañarme a intentar la Brazil 135 miles como mi equipo de apoyo?-

-Un placer para mí Gonzalo!!! Vamos en mi auto hasta Brasil, querés?-

-Bueno, dale, Gerardo, arreglamos todo y nos vamos para allá!!!-

Así comenzó lo que en realidad serían 2 aventuras al precio de una. Primero, la de viajar desde Provincia de Buenos Aires, donde vive el spartatleta, hasta la misma Minas Gerais, en una camioneta 4 X 4 conducida todo el tiempo por Gerardo -con el consiguiente desgaste que ello significaba para él-. Segundo, acometer juntos el proyecto “Brazil 135 miles segundo intento”. Pero antes de partir hacia Brasil y encontrándome ya en casa de Gerardo en Buenos Aires, una llamada telefónica cambiaría para siempre mi vida y determinaría que sea otro Gonzalo el que viajara hacia los morros de la Sierra de la Mantiqueira. En esa época, con mi esposa Silvia estábamos buscando nuestro primer hijo, pero no llegaba, por lo que, a la vuelta de la aventura en Brasil, teníamos pensado comenzar a averiguar sobre los correspondientes tratamientos.

-Hola Gonzalo. Cómo estás? me dijo mi esposa del otro lado del teléfono.

-Bien, pero con mucha ansiedad por la carrera, le respondí.

-Gonzalo, no quiero que te vayas a Brasil sin antes decirte algo: Creo que vas a ser papá!!!!-

A partir de esa comunicación telefónica, mi rostro de euforia era tan evidente que Gerardo me felicitó efusivamente y nos tomamos unas cervezas en honor a mi futuro hijo!!! Recuerdan el primer pensamiento de esta crónica? trascender, trascender…

Tras pasar la noche en Buenos Aires con un anfitrión de lujo como Gerardo que me mostró su impresionante colección de medallas de las más variadas carreras de Argentina y el mundo, iniciamos bien temprano a la mañana siguiente nuestra primera aventura -en 4 ruedas- para lo cual debíamos cruzar en forma terrestre el paso fronterizo hacia Brasil vía Misiones y Puerto Iguazú. El viaje sería largo, pero Gerardo le ponía toda la buena onda con conversaciones amenas y contando cada uno de nosotros un poco de su vida para conocer mejor al otro. Así, en as largas horas del viaje, fueron surgiendo anécdotas de las más variadas, no pudiendo faltar obviamente las referidas al particular mundo del ultramaratón. Cada uno sacaba de la galera, en una especie de “duelo de anécdotas”, la que creía más interesante. Yo, sobre cómo llegue a correr los históricos 100 kilómetros de Uberaba en el Brasil -una de las primeras ultras organizadas en Sudamérica- y él, acerca de la impresionante gesta del Spartathlón griego en el año 1.999.

Cuando arribamos por fin a Sao Joao de Boa Vista me reencontré con los organizadores -encabezados por su director Mario Lacerda y su esposa Eliana-, voluntarios y corredores con quienes tan buenos lazos de hermandad habíamos logrado a lo largo de la carrera del año pasado. Fue muy gratificante poder volver a verlos y empezar a prepararme para vivir nuevamente sensaciones muy fuertes y extremas a medida que fuera transcurriendo la dura prueba.

No era yo el único representante argentino. También llevaría los colores de nuestro país en esta prueba mi coterráneo Martín Paternó, un candidato fuerte a ubicarse en el top ten o top five de la carrera si tenemos en cuenta sus enormes pergaminos: Campeón argentino de 50 kilómetros, ganador del Desafío Berocca al Desierto Argentino, competencia por etapas en la distancia de 100 kilómetros, además de tener excelentes antecedentes en la especialidad del triatlón.

Nuestras tácticas y estrategias de carrera eran diametralmente opuestas: Martín saldría decididamente en la punta de la prueba a buscar alzarse con los primeros puestos y yo, en un planteo conservador, a ver cómo me sentía hasta el segundo maratón de la prueba, más o menos a la altura del puesto de control y descanso ubicado en la Ciudad de Serra dos Limas, en el kilómetro  84 de la competencia. Para ello, había coordinado con Gerardo que cada vez que pudiéramos encontrarnos en algún punto del camino, él me estaría esperando con su vehículo. Fue increíble su versatilidad y la de su 4 X 4 para abrirse paso por lugares bastante inaccesibles de la prueba, lo que significó una gran tranquilidad para mí porque me aseguraba contar con su asistencia en varios puntos del recorrido.

En los primeros tramos del recorrido, iba acompañado del corredor brasileño, radicado en Florida, E.E.U.U, Cas Cámara. Hicimos muchos kilómetros juntos hasta que Cas se despegó para seguir a un ritmo más rápido. En todo ese tramo pudimos hablar bastante por cuanto donde vivía Cas había una importante comunidad hispano parlante lo que le permitió aprender el idioma español mediante la práctica de dialogar con latinos que residían en dicho estado.

En la edición de este año, se agregaba un hito nuevo en la prueba, una dificultad extra que a muchos corredores nos quitaba el sueño: El Pico do Gaviao, unos kilómetros antes de la Ciudad de Andradas que se encuentra en el kilómetro 60 de la carrera. Es uno de los puntos temibles de la competencia por su cuesta interminable y pronunciada. El terminar de recorrer esta elevación demanda varios minutos de la prueba. Al final del camino espera un espectacular mirador donde se practica parapente. Varios competidores llegaban exhaustos hasta la cima. En mi caso, debí descansar unos buenos minutos para reponerme de semejante cuesta mientras contemplaba el espectáculo de los parapentes. Una vez tomado el debido descanso, acometí lo que ahora era una gran bajada –por cuanto se retornaba por el mismo camino que habíamos subido la complicada cuesta-, haciéndola a buen ritmo y con la sensación que estaba ya recuperado de la demandante pendiente que acababa de coronar en el Pico do Gaviao.

Sin embargo, más adelante, hubo un sector del trayecto en el que me desorienté y comencé a dar vueltas sin encontrar el camino ni a Gerardo. Recuerdo que entré en pánico, más que por el temor a extraviarme, por miedo a perder valiosos minutos que después no me permitieran llegar a meta dentro del tiempo límite oficial estipulado por el reglamento de la organización -60 horas-. Recuerdo también que daba vueltas en círculos porque había siempre una plaza con unos carteles que tenían unas flechas indicadoras a las que seguí, pero sin encontrar el camino ni a Gerardo. Hasta que por fin logré contactar a alguien de la organización en el camino quien me indicó que mi vehículo de asistencia estaba más adelante esperándome. Cuando visualicé a mi asistencia  fue todo un alivio, pero me había alterado mucho por lo que entre quien era mi apoyo y voluntarios de la organización debieron tenerme paciencia hasta que me calmara para aclararme que todo estaba bien y que siguiera el trayecto indicado.

Luego de dicho mal trance, me encaminaba a paso firme hacia uno de los hitos principales de la carrera, la Ciudad de Inconfidentes, en el kilómetro 117 de la carrera. Muchas partes del Camino de la Fé esta vez los había recorrido con mucha eficiencia, especialmente las pendientes pronunciadas, las que, a diferencia de la edición anterior, las acometía con gran potencia y decisión. Un entrenamiento específico en pendientes realizado durante meses en Córdoba, mi ciudad natal, me había proporcionado esas valencias para enfrentar el duro recorrido con gran solvencia. A ello se sumaron como mis aliados la diferencia de temperatura de la noche en los morros de la Sierra de la Mantiqueira, calmando el intenso calor diurno, y las apariciones de Gerardo y su vehículo en varios tramos del camino para proporcionarme lo que necesitara, especialmente sus palabras de aliento.

Mientras tanto, en la punta de la competencia, el extraordinario atleta local Marco Farinazzo cada vez se despegaba más de sus seguidores e iba rumbo hacia la meta ya sin rivales a la vista. El norteamericano Raymond Sánchez lograba el gran mérito de ser el único extranjero que en esta prueba le estaba peleando los primeros puestos al compacto bloque de atletas brasileños constituido por Aureo Adriano, Ariovaldo Branco, Eber Valentim, Eleir Ferreyra y Flavio Viana, entre otros. Corresponde recordar al respecto que en las ediciones corridas hasta ese momento, ningún extranjero había logrado alzarse con el primer puesto, sin poder romper así la hegemonía brasileña.

Ya cerca de Inconfidentes, veo acercarse a Gerardo con su 4 X 4 y, para mi gran sorpresa, a Martín Paternó en el vehículo!!! Mi coterráneo ya había abandonado la prueba al sufrir una caída, pero sumaba su aliento para que yo pudiera llegar a meta.

Tras el paso por Inconfidentes –kilómetro 117 de la carrera-, donde aproveché para dormitar un poco más de media hora haciendo uso del alojamiento sin cargo, continúo viaje hacia los últimos 100 kilómetros de la prueba donde comienza otra carrera, muy mental, en la que habrá que lidiar entre los efectos del cansancio acumulado y la ansiedad por arribar a meta. Una de las consecuencias del referido agotamiento son los trastornos de la falta de sueño y por la gran cantidad de horas en estado de vigilia. Existen largos tramos que deberé hacer en soledad por lo difícil de acceder en un vehículo (Cabe aclarar en este punto que el atleta tiene prohibido ser permanentemente acompañado por un vehículo el que puede esperarlo en algunos tramos del recorrido. Para ello, se puede contar con la asistencia de un pacer, es decir, un acompañante a pie, especialmente en horas nocturnas y de la madrugada cuando más se sienten los efectos de la falta de descanso y el estado de vigilia). Son precisamente esos lugares donde comienzo a sufrir una deformación de lo que captan mis sentidos: Veo que los árboles se transforman en extraños seres, como duendes, que me están esperando agazapados al costado del camino.

Cuando diviso una vez más la 4 X 4, mi alegría fue inmensa: Necesitaba sí o sí dormitar unos breves minutos. Ya era de mañana, eran los primeros minutos del día y le pido a Gerardo que me ayude a aliviar los efectos de la falta de descanso. Ingreso al vehículo, me siento, recuerdo que mi interlocutor me hablaba y de golpe, perdí totalmente el registro de la conversación. Recuerdo haberme despertado estando sólo en el auto. Tenía la impresión que hacía horas que estaba durmiendo, pero no. Había sido un breve descanso de unos minutos –me aclaró Gerardo entre risas quien aguardaba afuera-, pero mi sensación era como si hubiera dormido largas horas.

Luego de ese acotado, pero muy reparador sueño, continúo viaje con el previo aliento de mi apoyo. Sabía que ya había cruzado el meridiano de la prueba, pero no podía cantar victoria porque aun restaban largos y complicados kilómetros. Tenía una motivación muy fuerte para finalizar la prueba: el anuncio de la llegada de mi hijo realizado días atrás por mi esposa. Así, en muchas partes del recorrido, cuando pasaba por un lugar donde estuviera algún miembro de la organización o voluntario de la carrera enterado de aquella noticia, se escuchaba un “forca pai” –fuerza papá-. Los caminos se unían: El Camino de la Fe en la Sierra de la Mantiqueira como circuito de la carrera, y el existencial, el de la paternidad. Otra vez, la trascendencia…

A nuestro equipo, ya transcurriendo la segunda parte de la carrera, en forma espontánea, se unió el atleta brasilero Julio Latini, gran admirador de la Argentina y muy servicial, hospitalario. Su intervención fue importante porque él ya había corrido y completado la Brasil 135 millas en ediciones anteriores por lo que nos ayudaría a orientarnos mejor en el camino que aun restaba por completar. Con esa asistencia respecto al rumbo de la prueba, atravesamos Ciudades como Borda da Mata –Kilómetro 135-, Tocos do Moji –kilómetro 156- y Estiva –Kilómetro 176-. El arribar a esta última Ciudad es toda una inyección de optimismo para el corredor y su equipo porque si bien a esa altura de carrera el cuerpo siente tremendamente la distancia que ha desandado y las dificultades atravesadas, significa una renovación emocional porque se toma como hito para comenzar a recorrer la última maratón de las 5 que desafía la prueba. En algún punto de ese trayecto, lo veo arribar al Director de la prueba, Mario Lacerda, quien se baja de su vehículo con una gran sonrisa y me dice en su muy buen castellano: “Gonzalo, estás a punto de convertirte en el primer argentino en completar la Brazil 135 miles”.  Cuando escuché estas palabras de aliento provenientes nada menos que del mentor de este gigante desafío, una gran emoción invadió todo mi ser. Sin embargo, sabía que debía continuar enfocado en el camino y que la travesía aún no había terminado.

Cuando arribé a la Ciudad de Consolacao, en el kilómetro 196 de la prueba, me sentía entero, capaz de terminar la prueba; a esa altura vuelvo a encontrarme con Gerardo y Julio en la 4 X 4. Creo que ellos estaban igual o más ansiosos que yo por terminar semejante desafío. Pero allí sobrevino otro momento difícil. Empezamos a apurar la marcha con las estrofas sonando del himno nacional argentino -que provenía de la 4 X 4 y se escuchaba a gran volumen-. No sé al día de hoy de dónde sacaron esa música, pero lo recuerdo como una nota de color que en ese momento me tomó totalmente de sorpresa. Creíamos que estábamos a escasa distancia de Paraisópolis, hasta que Julio se adelanta para ver hacia el final del camino donde había una elevación. Supuestamente desde allí se comenzaría a divisar nuestro punto de llegada: “La soñada Ciudad de Paraisópolis”. Pero, nada, la Ciudad no estaba allí. Al parecer, nos habíamos desviado del camino de la carrera. En ese momento, otra vez sobrevolaron los fantasmas corporizados en la sensación de temor por no poder arribar a meta, aquellos que me invadieron por el kilómetro 105 de la edición anterior cuando mi cuerpo quedo tieso para no moverse más…

Pero ningún momento es igual a otro, cada acontecimiento lo vivimos de una manera única e irrepetible. Y ese año, las cosas tenían que ser distintas; por lo menos eso era lo que en esas críticas circunstancias trataba mi mente de enviarle en forma de mensaje a mi cuerpo: pensamientos positivos orientados hacia el arribo a meta.

Aun disponía de un interesante margen de tiempo para completar la prueba lo que me invitaba a ser optimista. Así que me enfoqué nuevamente en el camino. Sin embargo, con el transcurso de la carrera, se fue gestando otra dificultad que suele ser característica de las largas distancias, más aun cuando el calor genera mayor fricción del pie con la zapatilla: Las ampollas. Este es un aspecto del cuidado del corredor que no todos le adjudican la importancia que merece. Es más, suele ser la causa determinante del abandono de una buena parte de los competidores en algunas ultramaratones donde se acumulan una gran cantidad de kilómetros. En mi caso, tengo bastante predisposición a que se me formen con rapidez, por lo que es uno de los factores que me preocupa a la hora de evaluar los mayores riesgos sobre mi continuidad o mi rendimiento en carrera.

 En ese peregrinar que ya comenzaba a ser tortuoso, otra vez me encontré a Gerardo y a Julio Latini. Ambos me miraron fijamente y me dijeron: “Gonzalo, sólo tienes que seguir unos minutos más a paso firme por este camino. Ahora sí: Estás a las puertas de Paraisópolis!!!”

Epílogo:

“Bienvenido al Paraíso”. Así parecía decirme el ingreso a la Ciudad de Paraisópolis la que lucía un gigante cartel de recibimiento. No existe manera de describir con total precisión tremenda alegría, con una intensidad y profundidad tan singulares que ninguna palabra, por más atinada que luzca, será suficiente para  expresar lo que se siente en ese momento: Trascender al cruzar la meta, dejar el ser que era antes de cortar la cinta de llegada y comenzar a ser otro desde ese mismo momento. Aunque, para ser sinceros, esa trascendencia ya me había sorprendido antes de empezar la carrera y era por noticias de paternidad que viajaban desde Argentina…

Continuará con el Tercer capítulo.

.

.

Agradecemos a Gonzalo por compartir sus vivencias con nosotros y por colaborar para que espiritulibre.com.es siga vivo.

Por supuesto que esperamos por ese tercer capítulo.  

Si te ha gustado este post y quieres apoyarnos para seguir creando contenido, pincha en el siguiente link y ayúdanos a mantener esta web funcionando

https://www.patreon.com/espiritulibre

BR135+, Crónicas, Running, Ultrarunning

MI HISTORIA EN LA BR135+ – GONZALO FRIAS.

21 enero, 2020

Gonzalo Frías es un atleta argentino, que posee una conexión especial con la dura carrera de ultrafondo brasileña BR135+. Algunos datos de este atleta: Fue el primer argentino en completarla y es el argentino que más veces ha sido finisher. También es el atleta latinoamericano (no brasileño) que más veces ha completado la carrera de forma consecutiva.

La historia de Gonzalo en esta durísima ultra de 217km merece ser contada, por eso hoy les presentamos el primer capítulo, de una serie de cuatro crónicas, con todo lo que ha vivido este atleta argentino en todas las ediciones, de la BR135+, en las que ha participado.

.

Por: Gonzalo Frias.

Prólogo.

La Brasil 135 millas es un desafío personal sin comparación con ninguna prueba de ultra endurance. Según su mentor Mario Lacerda, completar esta prueba, por las prolongadas, pronunciadas e interminables pendientes, equivale a subir y bajar el monte Everest. 

El mes de Enero, pleno verano en Brasil, le agrega el condimento de correr con un calor intenso por las elevadas temperaturas y humedad.

La modalidad non stop termina por convertirla en un complicado reto donde sólo la férrea voluntad de finalizar la prueba permitirá a los atletas arribar a meta después de correr 217 kilómetros durante 2 días y noches por los morros de la Sierra de la  Mantiqueira en el Estado de Minas Gerais. 

Estas crónicas intentarán contarles cómo un grupo de aventureros de los más variados países intentamos desafiar los complicados recorridos del «Camino de la Fe» en un lugar de ensueño con tierra roja y frondosa vegetación plagado de pequeñas iglesias en medio de lugares selváticos y montañosos que serán un viaje en el tiempo.

.

CAPITULO UNO – AÑO 2008.

DERRUMBARSE A LAS PUERTAS DEL PARAÍSO.

Tras completar en el año 2006 la tremenda Maratón des Sables -que significa arenas en francés- en el Desierto del Sahara marroquí, creí que podía vencer cualquier desafío como el de la BR135 que se me planteó por el mes de enero del año 2008. Grueso error. Esta prueba es incomparable por el tipo de circuito con subidas interminables, el extremo calor húmedo, la gran distancia a completar en 2 días y noches y la necesidad de contar con equipo de apoyo (acompañante a pie y motorista) por su modalidad non stop. Esa combinación de factores la vuelve compleja, difícil de ejecutar y finalizar, para nosotros los extranjeros que no conocemos el complicado circuito que si bien está bien señalizado, posee algunos tramos donde es fácil desorientarse y más aún avanzada la prueba por el agotamiento propio de la acumulación de kilómetros en poco espacio de tiempo.

Para acometer exitosamente un desafío tan singular como éste, se requiere contar con un equipo integrado por un pacer y un motorista. El primero es un acompañante a pie durante algunos tramos de la travesía, especialmente en horas críticas como la noche y madrugada en que los sentidos comienzan a jugarnos una mala pasada fruto de la falta de sueño y el cansancio pudiendo llegar a sufrir incluso ciertas alucinaciones. El segundo también resulta indispensable porque en su vehículo llevará fundamentalmente buena parte de la comida y de la bebida que el competidor irá consumiendo a lo largo de la extensa marcha.

En mi caso particular, esta necesidad de equipo sólo la entendí una vez realizado mi primer reto en aquel año 2008. Para ese entonces “mi team” lo conformaba en solitario mi esposa Silvia quien en todo momento de la prueba le puso a su asistencia “la garra charrúa” de los entrerrianos aunque sus denodados esfuerzos debo reconocer que estaban muy lejos de la perfección sincronizada de un equipo preparado y conformado por más de una persona. Silvia se manejaba a pie y hacía lo que podía, me acompañaba por momentos al trote y dependía de la solidaridad de algún vehículo, sea de la organización o de algún apoyo de los otros competidores, para movilizarse en trechos largos. De este modo, en los sectores habitados del camino aprovechaba para hacer alguna compra de comida y bebida para abastecerme.

En la Brasil 135 millas existen diferentes puntos de asistencia que a la vez son hitos en la prueba. La largada se realiza desde Sao Joao de Boa Vista. El primer punto importante como referencia de la carrera es sin dudas Aguas da Prata, porque se encuentra en el kilómetro 33 por lo que es próximo al sector donde se completa el primer maratón de la prueba (corresponde recordar que la BR135 consiste en correr 5 maratones de 42 kilómetros seguidas) A esa altura de la prueba ya el corredor debutante comienza a tener una idea más acabada de la dureza del circuito y de cómo responde su físico, organismo y especialmente, su mente.

Recuerdo que en ese primer tramo de la competencia ya se iban perfilando quiénes serían mis “compañeros” de ruta en diferentes tramos del recorrido: Carlos Días y Erisvaldo Paulino serían mis compañeros de ruta en buena parte de la travesía. El primero es un ultra corredor impresionante. Recorrió Brasil de punta a punta en una travesía en solitario y completó el circuito 4 Deserts ( Atacama, Sahara, Gobi y Antártida) entre varios desafíos. El segundo es un experimentado peregrino que completó el llamado «Camino de la Fe» que, precisamente, en una parte consiste en el recorrido de la BR135. Pero también compartí tramos del recorrido con Rodrigo Cerqueira, una gran persona con quien pude intercambiar varias impresiones gracias a su muy buen castellano. Sin olvidarme de Antonio Hummel, un personaje sin igual, un veterano peregrino (así se denomina a quienes recorrieron a pie el Camino de la Fé en la Sierra de la Mantiqueira imitando el Camino de Santiago de Compostela en España) y otro de los pioneros de esta carrera. A Hummel lo bauticé “el hombre de las bolsitas” porque tenía bolsitas de plástico para todo: Para llevar aparte en la mochila la ropa humedecida, para llevar la comida separada, para proteger la mochila de la lluvia, para proteger la cabeza de la lluvia y así para todo. Tampoco olvidaré el momento en que comenzó a llover fuertemente y sacó de su mochila nada menos que “un paraguas” que incluso compartió conmigo en algunos tramos de la marcha.

Un grupo de corredores norteamericanos, fuertemente preparados, había dicho presente en la Brazil 135: Raymond Sánchez, de origen mejicano, con el fuerte antecedente de ser protagonista en la Badwater, Jarom Thurston, un abonado a este evento, siempre principal animador y Jason Obirek al que seguí en varios sectores de la carrera. Los 3 completaron el recorrido con distintos resultados, pero en el caso de Sánchez y Obirek sintieron en gran medida la dureza del desafío y debieron jugar con sus límites para arribar a meta.

En mi caso, me había acomodado en el pelotón de retaguardia de la prueba y el calor combinado con las durísimas pendientes que no acababan nunca, estaban haciendo estragos en mi cuerpo hasta que, por milagro de la naturaleza, se desató una de las tantas fuertes lluvias que caracterizan el clima tropical de esta región del Brasil. Fue como revivir. A diferencia de otros corredores, no significa ninguna dificultad para mí desenvolverme en dichas condiciones climáticas aun cuando sea torrencial, tal como ocurrió en esta parte del circuito. Pero ni el infierno de la selva brasileña ni la lluvia torrencial después desatada ni las pendientes “come piernas” me privaron de admirar un paisaje de ensueño donde se combinaban de manera maravillosa las acuarelas del verde potente del abundante follaje con el intenso rojo de la tierra que transitábamos en buena parte del camino. A ese entorno natural se sumaban las iglesias que me sorprendían cada tanto en lugares perdidos en medio de los morros y la vegetación. Parecía que, además de un viaje en la dimensión espacio, también me había transportado en el tiempo reconociendo toda una arquitectura de la época de las colonias en cada una de esas bellas capillas.

Cuando arribo al segundo gran hito de la carrera, la Ciudad de Andradas, en el kilómetro 66, llevo ya varias horas de marcha y la noche comienza a marcar un importante descenso de temperatura, máxime considerando el temporal desatado horas atrás que determinó, entre otras cosas, el desvío de los corredores en una parte del circuito en que se había desbordado uno de los tantos ríos que atraviesan la región. A esta altura de la travesía decido tomar una sopa bien caliente, fundamental para entrar en calor y al mismo tiempo, recuperar las sales que había perdido. En todos los puntos estratégicos del evento se puede optar por descansar algunas horas en algún hotel u hospedaje de la localidad a la que arriban los corredores, pero los gastos corren por cuenta del propio competidor y su equipo. Por otro lado, esta estrategia no es conveniente para los participantes de ritmo más lento, como en mi caso, en que prefiero parar unos minutos para alimentarme bien, cambiarme la ropa mojada por una muda seca y continuar camino. Una mala estrategia de carrera en cuanto a los descansos y sus tiempos puede ser determinante para no poder arribar a meta dentro del tiempo oficial prestablecido por la organización, por aquel entonces, 60 horas.

La noche transcurre en un largo tramo hasta alcanzar otro de los puntos clave de la competencia, Serra dos Limas en el kilómetro 84 de la competencia. Es plena noche y me encuentro formando una tríada con los mencionados Erisvaldo Paulino y Carlos Días. Tenemos un ritmo de carrera similar y eso nos ayuda a sobrellevar mejor las largas horas nocturnas. El organizador de la prueba, Mario Lacerda, cada tanto pasa con su vehículo para alentar a los corredores. Cuando nos toca a nosotros recibir su apoyo, se forma un interesante duelo verbal entre Argentina y Brasil, lógicamente que sobre fútbol. Mario me grita a la distancia: “Pelé es melhor que Maradona” y yo le replico, también a la distancia: “Maradona es mejor que Pelé”. Este duelo se repetiría en cada visita del director de la carrera y terminó por convertirse en una risueña forma de comunicación entre nosotros y también para mitigar los rigores propios de la dura carrera. En Serra dos Limas decidimos descansar en la morada de un muy hospitalario anfitrión, Newton Lopes, otro brasilero muy interesado por intercambiar información relacionada con Argentina.

Cada tanto aparece mi esposa Silvia, siempre en algún vehículo producto de la solidaridad de los brasileños, trayendo bebida y comida, tal el caso de uno de los voluntarios de la organización, Glober Santos, un joven brasilero siempre muy dispuesto a tendernos una mano. Así, van transcurriendo los kilómetros, pasando por lugares como Crisólia en el Kilómetro 103 y Ouro Fino, en el 109. Son lugares con increíbles pendientes, muy escarpadas y pronunciadas que van quitando piernas a los corredores. En mi caso, siento que estas subidas no terminan nunca y cuando creo que viene una tregua, inmediatamente otra pendiente me está esperando a la vuelta de la esquina. Así, hasta llegar a otro de los puntos decisivos de la prueba, en la localidad de Inconfidentes, a la altura del kilómetro 117. Este lugar es importante por dos razones. Una, porque cuenta con una estación de servicio que en la parte superior posee habitaciones que, sin cargo, pueden ser ocupadas por los atletas para un reparador descanso. La otra, que a esta altura restan exactamente 100 kilómetros para finalizar la prueba y aquí el corredor ya tiene una idea más aproximada de sus reales posibilidades de completar la distancia total. Es como que empieza una nueva ultra de 100 kilómetros, con un plan de carrera diferente al realizado hasta ese momento; la mente dice en esta parte del circuito: “borrón y cuenta nueva”, hay que concentrarse en esta “otra ultramaratón” de una centena de kilómetros.

Cuando un corredor ya lleva sobre el lomo el duro trajín de 117 kilómetros de dura montaña selvática realmente prepara otra carrera, diferente a la que comenzó porque se trata de una prueba muy mental que cada vez deja más de lado el aspecto físico. Es más, necesita prescindir de lo corporal para no recibir con toda su intensidad los mensajes de agotamiento, dolor, cansancio, falta de sueño que el organismo repite una y otra vez en forma insistente. La mente del ultramaratonista aprende a “anestesiar” al cuerpo como una condición indispensable para poder sobrevivir a la dureza de la prueba, máxime cuando la misma se caracteriza por la agonía que significa enfrentar la cuantiosa cantidad de más de 200 kilómetros, interminables, como si el tiempo no transcurriera, como si el reloj se detuviera contemplando los padecimientos del corredor de ultrafondo.

Mientras tanto, en la punta, el invencible atleta local “Ligerinho” se perfila imparable hacia la Ciudad de Paraisópolis donde lo aguarda la ansiada meta. Todavía la Brazil 135 millas no contaba con un extranjero que pudiera derrotar a los fondistas locales de la talla del nombrado Ligeirinho, Aureo Adriano y Ariovaldo Branco (este último recibido de spartatleta) entre otros.

Regresando a mi carrera, ya durante el día, tras descansar una breve hora en Inconfidentes, continué avanzando kilómetros pasando por las Ciudades de Borda da Mata en el kilómetro 135 y Tocos de Moji, en el kilómetro 156. El calor nuevamente hacía estragos en nuestros cuerpos. Las impiadosas temperaturas húmedas del verano no nos daban tregua en ese segundo día de la prueba llegando a las primeras horas de la tarde como un punto difícil de superar. También encontramos partes del camino totalmente anegadas por la fuerte tormenta desatada el día anterior. Estábamos obligados a meter nuestras piernas en verdaderos lagos de fango que a veces se mezclaban con el estiércol de los cebúes, que son una de las principales fuentes de producción del Estado de Minas Gerais. Cuando lográbamos emerger de esa combinación de lodo y abono, era impresentable el estado de nuestras zapatillas que pesaban una tonelada hasta que lográbamos deshacernos de esa costra que se adhería al calzado.

Cuando arribé a la Ciudad de Estiba en el kilómetro 176 de la competencia realmente creía que podía completar la distancia. “Sólo” me separaba un maratón de 42 kilómetros de la línea de meta (la distancia recorrida ya equivalía a haber superado 4 maratones seguidas). Recuerdo que en esa localidad me recibieron los voluntarios y organizadores con gran júbilo. Para ellos, cada arribo de los corredores a los puestos de control era un gran motivo de celebración porque simbolizaba el ir superando de a poco los distintos desafíos que significaban cada tramo de la travesía. Pero algo pasó a medida que me iba acercando al punto llamado Consolacao ubicado en el kilómetro 196 de la prueba. Por un error de cálculo y de falta de conocimiento del circuito, creí haber llegado a esa localidad por lo que empecé a acelerar el ritmo de mi trote, es más, apuraba a mi esposa que me acompañaba en ese momento porque estaba convencido que estábamos muy cerca de la meta. Mi preocupación por acelerar radicaba en que contaba con poco margen para arribar a meta dentro del tiempo límite establecido. Luego, la desilusión: aun restaban casi 30 kilómetros para cruzar la línea de llegada. Ya no estaban mis compañeros de ruta, Erisvaldo Paulino y Carlos Días, que se me habían adelantado rumbo a meta. Estábamos solos en medio de una ruta desconocida Silvia y yo, que percatado del error de cálculo de la distancia, comenzaba a flaquear en mis fuerzas. Para colmo de males, no pudimos tener contacto en ese tramo con nadie de la organización que nos orientara sobre el tramo que restaba transitar.

Después de recorrer 205 kilómetros durante 2 días y noches, me detengo en plena carretera con mis piernas totalmente tiesas. En pocos minutos mi cuerpo no puede trasladarse más presa del agotamiento. La hipotermia me invade producto del extremo cansancio y el frío repentino del anochecer. Es el fin de mi esfuerzo. Me he derrumbado a las puertas del paraíso porque, paradójicamente, la llegada se encuentra en una Ciudad llamada «Paraisópolis».

Luego de semejante esfuerzo sin poder arribar a meta, lo primero que pensé es no volver a someter nunca más mi cuerpo a esa paliza. Sin embargo, no imaginaba todavía en ese momento de quiebre que al año siguiente regresaría para continuar con un proceso de 4 años que me permitiría alcanzar uno de los hitos más trascendentes de mi vida atlética. Ese final fallido a las puertas de Paraisópolis, lejos de ser el cierre, era el comienzo de una fuerte experiencia de vida en la que, a su término, tendría el placer de llevar en mi mente y corazón guardados como tesoros las inolvidables experiencias con corredores y personas singulares de las más variadas nacionalidades, culturas y credos, todo en medio de un paisaje de ensueño que, como un imán, me atraería año a año a correr agotando absolutamente todo mi ser en cada una de mis 4 participaciones.

Gonzalo junto a su esposa. Año 2008.

.

.

Agradecemos a Gonzalo por compartir sus vivencias con nosotros y por colaborar para que espiritulibre.com.es siga vivo.

Por supuesto que esperamos por ese segundo capítulo.  

Si te ha gustado este post y quieres apoyarnos para seguir creando contenido, pincha en el siguiente link y ayúdanos a mantener esta web funcionando

https://www.patreon.com/espiritulibre

Crónicas, Relatos, Running, Spartathlon, Ultrarunning

SPARTATHLON 2019 – ALEJANDRO ALMIRÓN

14 octubre, 2019

Alejandro Almirón es un atleta argentino con una carrera corta pero vertiginosa en el mundo del ultrafondo. En su pequeño gigante curriculum figuran carreras como la durísima Brazil 135+, la PT 281+ de Portugal y por supuesto, el mítico Spartathlon griego.

A continuación compartiremos su crónica de la carrera y las mejores imágenes de este atleta en el Spartathlon 2019. Mencionar, también, que Alejandro fue parte de una Legión Argentina de récord, llegando con nueve atletas a los pies del rey Leónidas.

Aquí su historia:

Recuerdo que hace seis años no corría, tenía un poco de sobrepeso y un aburrido domingo a la tarde, buceando en internet, me encontré con el Spartathlon. Mientras leía, primero me pareció imposible, quimérica y luego pensé que los que la corrían serian superhumanos o estaban locos.

Me puse esa vara bien alta sin haber corrido, ni siquiera, un kilómetro y quizás «algún día” intentaría correrla. Arranqué de cero, estudié, aprendí, pregunté y me equivoqué, hice todo sin entrenador (considero que nadie conoce mi cuerpo como yo mismo)

Pasó el tiempo, las marcas, las ultras y este 27 de setiembre, después de seis años, estaba en la línea de largada, era uno más de esos locos.

Era una hermosa mañana y correr el Spartathlon por primera vez hacía que todo fuese sorpresa, asombro. Iba mirando el paisaje como un niño por la ventana del coche, los kilómetros y el calor no se sintieron al principio, por lo cual el kilómetro 42 llegó sin sorpresas.

A partir de allí el sol empezó su castigo y los corredores, de a poco, empezamos a sentirlo. Yo llevaba un control riguroso de ingesta de sales, geles y carbohidratos que seguí a rajatabla, cada hora. Hoy pienso que eso fue un acierto.

Pasé a Sandra Rolón en el kilómetro 60 y la noté golpeada por el calor, vi varios corredores más en la misma situación. Al kilómetro 81 (Corinto) llegué bien, con cuarenta y cinco minutos de margen, estuve unos minutos en el CP, comí un poco de pasta y salí. Después supe que en ese check point quedaron muchos corredores.  Seguía pasando corredores, que no se reponían del calor, yo sabía que era una carrera que te obliga a correr casi todo el tiempo.

Cerca del kilómetro 100 lo veo a German Cordisco que venía muy lento, le pregunto a Betiana Pintener y me dice que él no había orinado nunca ( llevábamos casi diez horas de carrera), le di sales, agua, otra vez sales y no se reponía. Cuando llegamos al control del kilómetro 103 le dije que no podía seguir así, que pondría en riesgo sus riñones. Lo entendió, no sin antes, sentarse a llorar al lado de mi equipo. Betiana se quería quedar con él pero me la llevé casi obligada.

Empezaba a oscurecer y fuimos juntos un buen trecho hasta que decidí ir más lento de acuerdo a mi plan, en el kilómetro 120 empezó mi bajón, mareos y descompostura, lo cual hicieron que llegue caminando al check point. Me senté dentro del coche, creí, en aquel momento, que tuve un bajón de presión, también tomé reliveran para las náuseas y pasados diez minutos me repuse.

Mas tarde en el kilómetro 150 el sueño empezaba a hacerse sentir más fuerte, pese a las tazas de café que había tomado. No quería parar, si bien mantenía una hora de ventaja sobre el corte, me propuse seguir pero, literalmente, no podía. Daba diez pasos y me iba hacia el medio de la ruta. «¿Qué hago?» pensé, bajé la cabeza y busqué lo que había escrito en las puntas de cada una de mis zapatillas: «Juli y Tomi», el nombre de mis 2 hijos. Solo con mirar sus nombres, sentía que estaban haciendo el esfuerzo conmigo, fue muy movilizador sentir que los tenía en mis pies, ayudándome.

Así llegué a la base de la montaña donde me pondría abrigo, guantes y mochila, pero no fue así ya que mi equipo se perdió y no llegó al CP a tiempo. Subí la montaña como estaba, decidí no pensar en el frio y sólo subir. A la bajada sufrí una caída fuerte, gracias a dios sobre las nalgas y no sobre un hueso. Finalmente estaba del otro lado.

La encuentro a Betiana otra vez y fuimos hasta el kilómetro 190 juntos, amaneció y por suerte fue con neblina y sin sol. En el kilómetro 200 comienza una subida grande y veo que Betiana se va quedando, yo decido seguir, subida, subida y más subida. Faltando treinta kilómetros se fueron todas las nubes y el sol salió a cobrarse las horas que no estuvo; fue tremendo, inclemente.

Yo llevaba, todavía, una hora y decidí quedarme más tiempo en los puestos. Tuve mi segundo bajón, hacía ya muchas horas que no tomaba más geles y que nada solido me pasada. Sumado al desgaste de las subidas, estaba vacío de energía; me mojé la cabeza, mastiqué, chupé y escupí las gomitas energéticas y con eso fui recuperando fuerzas. El último tramo era todo bajada, pero mis cuádriceps se habían ido de mi cuerpo, hacía ya muchos kilómetros .

Recordé, antes de apagar el teléfono, el último mensaje de mi hijo de hacia ya, un día y medio: «Tranquilo Papá, todo va a salir bien», me levanté de la silla, me puse una toalla mojada en la cabeza, la mente en blanco y a correr.

Decir que fueron interminables, esos kilómetros que quedaban, es poco. Así como también interminable parecía esa avenida, pero ya no importaba. Ya no había dolor, no había cansancio.

Me puse la camiseta argentina y con mi equipo al lado disfrutamos de ese paso triunfal con tantas muestras de afecto en las calles, los balcones y los niños. Así fue hasta llegar a esa figura gigante y besar esos pies, levanté la vista y le dije: «Misión cumplida, aquí estoy!”

.

Fotos: web oficial del spartathlon

.

Desde espiritulibre felicitamos a Alejandro por este magnifico logro y esperamos verlo a los pies del rey Leonidas, durante muchos años más!

Si te ha gustado este artículo y quieres apoyarnos para seguir creando contenido, pincha en el siguiente link y ayúdanos a mantener esta web funcionando.

https://www.patreon.com/espiritulibre

Crónicas, Relatos, Running, Spartathlon, Ultrarunning

SPARTATHLON 2013 – NICOLÁS KIERDELEWICZ

6 agosto, 2019

Nicolás Kierdelewicz es un atleta argentino que emigró junto a su familia a España. Oriundo de Mar del Plata y siempre vinculado al deporte, este atleta encontró su mayor desafío en los 246km del mítico Spartathlon griego. Nicolas tuvo la suerte de integrar, en aquel año 2013, la primera y original legión argentina en el Spartathlon. Legión que hoy en día sigue conservando el récord de argentinos en meta, en la historia de la carrera, con seis finishers.

Aquí su historia:

Todavía me acuerdo cuando, allá por octubre del 2007, me compré ropa para volver a trotar, haciéndome la fantasía que corría el Spartathlon. Esto mismo pensaba mientras recorría los últimos 40 kilómetros camino a Sparta, mientras los coches tocaban bocina sacando un brazo por la ventanilla, con el puño en alto, en modo de saludo.

Mi Spartathlon empezó a principios del año 2008 con la primera Media Maratón. Todo a partir de ahí lo hice pensando en esta carrera, si se puede llamar carrera. Mientras pasaban las Maratones y los entrenamientos kilométricos me fui dando cuenta que si quería completar los 246 kilómetros que unen Atenas con Sparta en menos de 36 horas debía convertir la acción de trotar en algo totalmente natural. El correr no debía ser una acción sino un estado. Buscaba constantemente nuevas rutas y caminos similares al Spartathlon. Corría en carreras que solo me sirvieran para el Sparta. Miraba videos, fotos, leía crónicas de gente que la había hecho. Intentaba aprender todo lo que pudiera para que mi entrenamiento sea lo más parecido al camino que seguiría.

Nos despertamos el gran y esperado día 27 de septiembre a las 4 de la mañana y desayuné en la habitación del hotel con Patri y Cati, preparando todo lo que iba a necesitar para sobrevivir durante el próximo día y medio. Me puse la ropa, que la sentía como mi amiga, llegó Nacho y salimos para la Acrópolis…a la largada del Spartathlon!

Fuimos de los primeros en llegar. La mañana estaba templada y no había viento. Empezaba a asomar el sol sin poder esconderse en ninguna nube y sus primeros rayos rojos bañaban el lateral del Partenón. Que feliz me sentía! No había otro lugar en el mundo donde quisiera estar. Después de no se cuantas fotos nos disponemos los 350 afortunados en la línea de salida. Éramos 9 los argentinos que estábamos dispuestos a rendirle homenaje a ese valeroso rey Leonidas aunque esa no era mi motivación. Algún día me gustaría que se organizara una carrera similar en Argentina homenajeando a nuestros valientes como Cabral, San Martín, Belgrano, y tantos otros perdidos por historias mentirosas.

Siete en punto daba el reloj y largamos. No estaba nervioso ni ansioso, porque sabía lo que tenía que hacer y sabía lo que me esperaba. Corrí esta carrera mil veces en mi cabeza. Mi cuerpo y mi mente estaban muy bien preparados pero la única duda que tenía era si sería capaz de solucionar todo lo que me viniera. Habría mucho incontrolable que controlar. Inmediatamente encuentro a Darío Arauz y nos ponemos a correr disfrutando de ese momento tan especial. Siempre manteniendo el ritmo que me había recomendado Pablo Silguero, mi entrenador. Estuvimos juntos durante casi 2 horas, después, en un avituallamiento nos separamos y ya no nos volveríamos a cruzar hasta pasados unos 200 kilómetros. Seguí solo, pero rodeado de corredores de distintas partes del mundo. Íbamos por una autovía donde los coches pasaban muy rápido y donde también, había muchas pequeñas capillitas recordando accidentes mortales. Quería salir rápido de ahí.

No faltó mucho para que tomáramos una ruta más tranquila que nos llevaría a pasar por un pueblo, creo que Elefsina. Allí nos recibieron un montón de niños y adolescentes formando una fila y gritando para que les chocáramos las manos. Este tipo de cosas llenan el alma y me hicieron ver que la decisión de estar allí había sido la correcta.

A los pocos kilómetros llega mi equipo de apoyo formado por Patri, Cati y Nacho, sumándose al coche Lili Caserta para apoyar a Darío. Tener un equipo de apoyo te da la tranquilidad de que no te va a faltar nunca nada y que podrán solucionarte cosas que no tuviste en cuenta. También ver una cara familiar (En mi caso, caras muy queridas) cada ciertos kilómetros es un apoyo con un valor enorme. Después de un rato empezamos a bordear la costa con un paisaje precioso aunque con subidas y bajadas constantes. Bueno, en realidad todavía no habíamos tenido un rato de trote en llano; o subíamos o bajábamos. Era poco más del kilómetro 30 y me sentía genial.

Un rato largo estuvimos por esa bonita ruta, aunque mantengo que es muy parecida a parte de la ruta de Málaga a Almería. Realmente no me llamó mucho la atención. A lo lejos vi una subida bastante larga e inclinada, casi que me puse contento porque la haría caminando…por fin después de más de 3 horas sin parar de correr. Empecé a subirla a paso decidido pero intentando no forzar más de la cuenta porque faltaba un montón, casi ni quería pensarlo. Llegamos al puesto de control y avituallamiento número 12, donde me volví a encontrar a Martín Córdoba para seguir juntos un rato. Seguimos por esta ruta en donde parecía que ahora las subidas y las bajadas eran más largas.

Pasamos algunos puestos de control más para meternos tierra adentro donde el viento empezó a soplar de cara un poco más fuerte. Para algunos maldición y para otros bendición. A mi me vino genial porque hacia que los 30 y pico de grados de calor no me afectasen mucho. Seguía pasando puestos de control llegando al kilómetro 60 del recorrido y la cosa empezaba a doler. Mi ritmo seguía siendo el planteado para estos primeros e importantes 81 kilómetros. Ir a 5:45 min/km para que, al parar en cada puesto a beber y comer, me diera una media de 6 min/km.

Puesto de control 18 y volvimos al mar por una ruta que nos llevaba a una refinería de petróleo donde el siguiente puesto sería el kilómetro 70. Mi ritmo había bajado un poco y las piernas gritaban de dolor. Hacía unos 10 kilómetros que me venia acordando las palabras de mi entrenador Pablo, donde me decía que siga adelante aunque duela porque iba a pasar, igual que iba a pasar las buenas sensaciones, y que a Mauro le había pasado lo mismo por esta parte del recorrido cuando la terminó en el año 2010. Faltaban 10 kilómetros para el primer gran control cruzando el canal de Corinto. Nada me iba a parar!

Subidas y bajadas constantes no me facilitaban las cosas pero de a poco me fui recuperando y recuperando, también, el ritmo. Empecé a sentirme muy bien sabiendo que quedaba poco para cruzar el canal. Me hacia especial ilusión cruzarlo porque marcaba el final de la primera parte en la que dividí la carrera y la parte que más me preocupaba.

Encarar una carrera de 246 kilómetros del tirón es algo que mi cabeza no podía procesar, así que la dividí en 4 sectores para que al lograr cada uno de estos sectores lo sintiera como un éxito.

El primero, de esos cuatro sectores, era una carrera de regularidad hasta el puesto de control 22 (kilómetro 81), donde el reloj era importantísimo y el ritmo abrumador. El segundo era intentar hacer lo más fácil posible el llegar hasta la base de la montaña en el kilómetro 150. El tercero era una carrera de montaña donde tendría que subir y bajar ese monte de 1200m de altura y llegar hasta el punto Nestani donde estaría el otro gran control (kilómetro 172). Y a partir de allí, el último sector era solamente quería llegar al kilómetro 202, porque sabía que una vez pasado los 200 kilómetros, nada me iba a impedir completar los 246,5 kilómetros; tardara lo que tardara.

Sintiendo que quedaba poco, para completar ese primer sector, me pongo a correr con un griego que tenía varios finishers en el Spartathlon. Charlando pasaron un par de kilómetros hasta que, a mi izquierda, veo el canal y más adelante el puente que lo cruzaba. Yeah! No sé que pasó pero quedé corriendo solo. Paso por un puesto de control justo antes de llegar y paro a comer. Mientras agarraba cosas esquivé a un atleta que estaba sentado con la cabeza apoyada en la mesa, algunos segundos después me di cuenta de que era Gerardo Re. Había comido algo que no le sentó bien y estuvo vomitando. Le ofrecí todo lo que podía ofrecerle pero no le entraba nada y con dolor le dejo ahí solo. Llegó el puente y veo a mi equipo con las cámaras de fotos listos para inmortalizar ese momento. Que alegría, que emoción! Dos kilómetros más adelante llego al tan ansiado gran control Nº22 (kilómetro 81) con 55 minutos de ventaja sobre el horario de cierre. Perfecto!

Haciéndole caso a Pablo, me hago unos masajes que me dejan muy bien. El masajista era un fenómeno griego llamado Giorgos o “George” como lo bauticé. Manos fuertes y toques justos donde los necesitaba. La valoración de “George” fue muy buena, tenía solamente cargada la parte externa de mis cuádriceps y el resto estaba bien. Justo al irme del puesto, a los diez minutos de llegar, veo a Martín y salimos juntos. Esta causalidad sería clave para mi carrera.

Salimos por un camino lleno de olivares con muy buena charla, pasando kilómetros y ganando minutos a los horarios de cierre. Llegamos al puesto de control 26, antiguo Corinto (kilómetro 93) sin mayor esfuerzo. En este puesto nos podían asistir los chicos así que le pude meter calorías al cuerpo, unos minutos después seguimos por caminos entre viñedos, con buen ritmo, buena charla y viendo como caía el sol.

Casi sin sentirlo llega el puesto 29 (kilómetro 102) con la peculiaridad que nos recibieron con una pancarta de bienvenida en la entrada del pueblo y unos chicos nos pedían autógrafos. Faltaban 15 minutos para llegar a las 12 horas de carrera.

Pasados diez kilómetros y tres puestos de control, ya era de noche. Nuestro equipo podía asistirnos nuevamente. Tocaba abrigarse, meternos calorías y ponernos el frontal, que sería el gran compañero de las siguientes 12 horas. Seguimos por ese camino oscuro, viendo como luces lejanas se movían de acá para allá. La compañía de Martín se hacia importante para sobrellevar esa noche cerrada. Me sentía muy bien aunque la cosa ya se notaba, pero en mi cabeza no había dudas.

Llegamos al puesto de control 35 y veo el censor donde teníamos que pasar el chip que actualizaría los datos en la página web, se me pasó por la cabeza que estaría pensando Pablo y como me gustaría regalarle el final. No sé si el lo sabrá pero fue y sigue siendo un referente para mí.

Inmediatamente llegados al puesto de control vemos a nuestro equipo que nos reciben con sonrisas enormes y mucho aliento. Me estaba esperando, sobre una mesa, un tazón de fideos con queso. Pasaron la sopa y un masaje recuperante; ya eran las diez de la noche. Besos a todo el mundo y a seguir sumando kilómetros.

Veníamos genial y con mucha motivación. Martín había intentado por dos veces terminar esta carrera y su experiencia me ayudaba. Me contaba que nunca había tenido estas sensaciones a estas alturas y me emocionaba de solo pensar llegar los dos juntos a meta. En una de esas bajadas sentimos un corredor que nos alcanza y era Leo Bugge, otro experimentado argentino en esto del Spartathlon. A partir de allí, los tres seguimos adelante. Yo pensaba la suerte que tenía de poder correr con ellos en esta parte tan delicada de la carrera. Nos comimos otros cinco puestos de control. Llegaba el puesto 40 y mi equipo estaba listo para darme calorías y más abrigo. Charlas, fotos y besos para recargar energía y envolvernos en ese manto negro que solo rompía la luz de nuestro frontal.

En el puesto de control 42 sumariamos 146 kilómetros avisándonos que a partir de ahí empezaríamos con las dos cifras y descontando kilómetros hasta la meta. Faltaban 100 kilómetros para Leonidas y diez minutos para las dos de la mañana.

El camino empezó a inclinarse bastante en diferentes tramos, lo que nos obligaba a caminar para después trotar en las bajadas. Sin darme cuenta, acababa de terminar la segunda parte de mi carrera y ya estaba en la base de la montaña con 150 kilómetros en el cuerpo. Pasaron varios kilómetros más y nos fuimos separando para buscar cada uno su propio ritmo. Yo seguía sin enterarme que había empezado la montaña porque íbamos caminando por una ruta de asfalto, aunque serpenteante, era asfalto y yo esperaba la tierra.

A unos 600m del puesto de control 46 veo a un atleta caminar en zigzag muy cerquita del barranco y me doy prisa hasta alcanzarlo, para a ver que le pasaba. Era un atleta japonés que caminaba dormido. Le saludo y le apoyo la mano en la espalda, en modo empujón, mientras le doy charla hasta el control en donde se sienta en una silla y allí se queda. Mas adelante me seguiré cruzando, cada tanto, con este atleta japones hasta llegar a la misma Sparta.

Sigo subiendo, pasando por debajo de una autopista muy iluminada y dando gracias por poder descansar un poco la vista. Eran las cuatro de la mañana cuando llego al siguiente punto de control donde estaban los chicos. Ellos me dicen que empieza el tramo llamado “la escalera”, unos 2,5 kilómetros de ripio para llegar a los 1200m de altura de la montaña tan esperada; no lo podía creer! Aunque tenía las piernas reventadas y solo 34 minutos de ventaja sobre el corte, tenía muy buen ánimo. Me tiro, literalmente, en una camilla a que me den un masaje y para mi sorpresa estaba “George”, el mismo masajista del kilómetro 81 que me volvió a dejar “casi” como nuevo. Ya no había mucho más que George pueda hacer.

Continue Reading…
Crónicas, Relatos, Running, Spartathlon, Ultrarunning

SPARTATHLON 2018 – KARINA MOLINAS

14 noviembre, 2018

Karina Molinas se presentaba en la línea de partida del Spartathlon buscando convertirse en la primera atleta de Paraguay en lograr completar el mítico Spartathlon. Por esas cosas del destino le ha tocado vivir una de las peores ediciones de la historia, sino la peor. Lluvias durante, prácticamente, toda la carrera, tormentas terribles y vientos huracanados. Una estampa apocalíptica que solamente los más fuertes, de cuerpo y mente, pudieron vencer. 

 

Aquí su historia:

 

EL SPARTATHLON NO SE CORRE…SE VIVE

 

Mi historia en el Spartathlon comienza a escribirse en el 2014, en la 1° edición del “Ultramaraton en pista de 12hr Desafío Powerade” que se realizó en Asunción (Par). Estaba participando en un equipo de 4 corredores y en una de las vueltas nos saludamos con Fabián Duarte (finisher del Spartathlon), que vive en la ciudad Formosa, Argentina. Fue admirable verlo correr, ya que para mí el mundo del ultra era algo desconocido. En el año 2015 tuve la oportunidad de ir a su ciudad, Formosa, a una competencia de 10km. Después de terminarla Fabián nos invitó a su casa a tomar café, allí nos mostró todos sus logros en la disciplina del ultramaratón y también nos contó de su hazaña del 2013 en el Spartathlon. Fue ahí mismo, en su casa, que nos convenció a mí y a mi pareja, Diego Piris, de que Paraguay tenga sus primeros registros en el ultramaratón. Nos dijo, también, que él podría aportar su experiencia para ayudarnos.

Empezamos a entrenar sobre la base que ya tenía (mis primeras experiencias en el ultratrail) En el año 2017 fuimos en busca de las marcas mínimas para entrar en el listado de selectos ultras del mundo a desafiar el Sparta. Todo se dio en mi primera experiencia en carreras de ultramaratón. Logré la marca de 172kms en el Ultramaratón de 24hs de la ciudad de San Pedro, Argentina y también conseguí una marca de 266km en el Ultramaratón de 48hs de Passa Quatro, Minas Gerais en Brasil. Con esos dos registros el sueño comenzaba a hacerse realidad.

En marzo del 2018 se confirmaba mi participación como primera y única representante del Paraguay, si bien en enero 2018 ya habíamos comenzado el duro entrenamiento, con esta confirmación ya seguimos intensificandolo.

El mes de Setiembre del 2018 es para mí, el mejor mes del año, ya que en ese mismo mes del año 2004 me convertía en mamá  de Ximena, por lo que ahora, Septiembre, tendría aún más significado. Partimos en medio de muchas emociones rumbo a Grecia, llevaba conmigo el sueño de todo corredor amateur, de mi familia, de mis amigos  y sobre todo del OKARUNTEAM que desde que hablamos de esta hazaña nos apoyaron incondicionalmente. Gracias a Dios tuve la posibilidad de llevar como soportes a Fabián y a Diego, los días previos fueron emocionantes, ver llegar a los atletas de todo el mundo, compartir con ellos la ansiedad, con los mexicanos, brasileños y los argentinos, era una fiesta única del mundo del ultramaratón.

La noche de antes me fue muy difícil conciliar el sueño, a las 4:30am sonó el despertador, lo primero que hice fue correr la cortina de la habitación y para mayor ansiedad estaba lloviendo. Llame a mi mamá para despedirme, me preparé y mi corazón se aceleró aún más en el bus rumbo al Acrópolis, donde se iniciaría el viaje sin destino. Fue ahí donde tuve mi mayor conexión con Dios, durante todo el viaje le cantaba canciones para alabarle y entregarle todo.

Los primeros kilómetros me costó concentrarme, en cada CP seguía las instrucciones de carrera de Fabián en cuanto al ritmo y Diego que me iba cantando los tiempos entre cada avituallamiento, atendiendo siempre los tiempos de corte. Fue así que al llegar al maratón pregunté mi tiempo y con lo que Diego me indicó, pude darme cuenta de que iba conforme al plan de carrera. Ahí encontré mi calma y comenzó mi carrera. Todo iba perfecto, físico-cabeza-corazón iban respondiendo hasta el punto de tener 40 minutos de ventaja con relación a los cortes. Pero en estas competencias no siempre es sostenible esos buenos momentos sobre todo en esta edición (con lluvia y tormentas desde el inicio) ya que eran obligatorias las paradas en algunos CP para cambiar la ropa mojada y evitar así la hipotermia. Toda mi ventaja se fue cayendo al punto de que llegue a la base de la montaña tan solo tres minutos antes del cierre. La subida de caracol antes de la base de la montaña había fulminado mi ventaja, ya que la lluvia era cada vez más fuerte y se me hacía muy difícil avanzar.

 Ya en la montaña no tenía grandes planes de carrera, sabía que no  tenía margen, debería subir lo más rápido que pudiera, ese fue mi primer momento de desesperación. No se podía ver absolutamente nada, todo era neblina, lluvia y vientos fuertes, pero más grande fue mi sorpresa cuando llegué a la cima de la montaña; miré mi reloj y vi que había llegado con quince minutos antes del cierre. Eso fue algo increíble para mí, a partir de ahí sólo quería encontrarme con Fabián y Diego para decirles que había logrado sobrepasar ese momento.

El segundo momento de angustia y desesperación se fue dando pasando las veinticuatro horas de competencia, donde además del cansancio, el sueño y las descompensaciones estomacales, se sumó el tifón Zorfa, con vientos que superaban los 100km/h lo que me dificultaba avanzar o simplemente caminar. La peor parte fue en el CP 69 donde ví a Diego gritarme que “acelere” porque faltaban tres minutos para el cierre. A partir de ahí fue todo una supervivencia, mi cabeza se iba rindiendo, ya iba planeando el fracaso de no lograrlo, preguntando a Dios “porque me trajiste tan lejos para fracasar, decime cuál es tu plan perfecto?” pensaba en mi familia, en mis amigos, en mi país no quería fallarles.

En ese momento de mayor bajón, escucho que Diego me grita desde el auto “Reza Kari, reza” (dentro de nuestra planificación, habíamos incluido las oraciones para estos momentos de bajón) En este tipo de competencias es impredecible saber cómo el cuerpo va ir reaccionando a las horas, pero milagrosamente mi cuerpo seguía avanzando y encontré a un compañero que se unió a la lucha, el francés William Guillot. No teníamos el mismo idioma pero si el mismo sentir, llegar a los pies de Leónidas! Ya entrando en Sparta la crisis mental había pasado y tan solo faltaban aproximadamente veinte kilómetros. Fabián me había indicado que lo peor ya había pasado y que a partir de ahí era todo bajadas, mientras Diego me decía: “la única medalla que te falta es esta y ya la tenés cerca”.

A partir de ahí comencé a correr por mi vida, increíblemente mi cuerpo estaba entero, salvo las molestias del cansancio. Me sentía entera y con todo el corazón encendido, quería darle la alegría a mi país Paraguay  y la posibilidad de que también pueda estar entre los grandes guerreros de Leónidas.

Fue así que en medio de tanto sacrificio, sufrimiento, desesperación y alegrías iba visualizando la estatua de Leónidas y sobre todo la bandera de mí quiero Paraguay.

Llegué, besé sus pies y celebré ese momento de gloria con MI GRAN EQUIPO DE TRABAJO: Fabián, Diego y todos los que oraron por mí. También celebré, que a pesar de todo, nunca me rendí.

Hoy puedo decir que toda mi vida cambió en dos años, que correr ultramaratones transformó mi vida. No sólo sumando kilómetros, sino en la forma de encarar la vida ante una situación difícil. El Spartathlon me hizo revivir y sólo tengo palabras de agradecimiento, primero a Dios porque para mí todas las competencias del ultramaratón son un encuentro con él. A Fabián Duarte por haberme elegido, no siendo su compatriota, por haberme preparado no sólo físicamente sino espiritualmente. A Diego Piris que me acompaño en todo el tiempo de preparación, a mi familia, a mi hija, a mi equipo OKARUNTEAM, a todos los corredores y amigos que creyeron en mi sueño difícil. A los ultras y amigos argentinos que me apoyaron con sus experiencias, a los ultras mexicanos con quienes compartimos los mejores momentos. A las empresas privadas y al Presidente Mario Abdo junto con su señora la Primera Dama Silvana Abdo que me ayudaron a costear gran parte del viaje a Grecia, sumándose así al proyecto.

Por último decirles que no puedo dejar de pensar que volveré a estar en la línea de largada del viaje sin destino, esperando que Leónidas no sea tan exigente como en esta 36° edición.

Gracias!!!

SPARTATHLETA GUARANI.

.

.

Si te ha gustado este artículo y quieres apoyarnos para seguir creando contenido, pincha en el siguiente link y ayúdanos a mantener esta web funcionando.

https://www.patreon.com/espiritulibre

Crónicas, Relatos, Running, Spartathlon, Ultrarunning

SPARTATHLON 2018 – DIEGO ROJO GARRIDO

11 octubre, 2018

Diego se presentó en la linea de partida del Spartathlon por primera vez y por esas cosas del destino le ha tocado vivir una de las peores ediciones de la historia, sino la peor. Lluvias durante, prácticamente, toda la carrera, tormentas terribles y vientos huracanados. Una estampa apocalíptica que solamente los más fuertes, de cuerpo y mente, pudieron vencer. Diego Rojo Garrido estuvo en ese selecto grupo de vencedores que lograron, a pesar de todo, llegar hasta los pies de Leónidas.

Una gesta digna de los héroes de la Grecia antigua que en espiritulibre nunca olvidaremos.

 

Aquí su historia:

 

 

“SIGUE NADANDO, SIGUE NADANDO (“Dori” en “Nemo”), O LA SUPUESTA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO…”

 

Mucho se ha hablado de la soledad del corredor de fondo y, por extensión, de ultrafondo. Aunque yo me he sentido así en numerosas ocasiones, tanto entrenando como compitiendo, la preparación y la disputa del Spartathlon 2018, ha marcado un antes y un después como corredor popular y como persona.

Los días previos a la prueba, bromeaba con la frase de la compañera azul de Nemo, la “pez cirujano” Dori. El día antes de la prueba, recibí un mensaje de ánimo de mi mujer y de mi hija,  con el famoso “Sigue Nadando” que encabeza este texto, y que me hizo mucha gracia, sin saber que se repetiría en mi cabeza como un mantra durante los momentos más duros del recorrido.

La verdad es que el detalle vino que ni pintado para la ocasión, porque la carrera de este año estuvo marcada por el ciclón Zorba, bajo el cual tuvimos que correr, con rachas de viento que superaron ampliamente los 100 km/h, lluvias torrenciales, tormenta con aparato eléctrico, granizo, barro y desbordamientos en la calzada, con el agua en ocasiones por encima del tobillo, objetos diversos volando, árboles y paneles arrancados de cuajo, y otras dificultades que añadían dureza extra al hecho de tener que recorrer los 246km de la prueba en menos de 36 horas. Como navegante y como montañero he estado en numerosas ocasiones expuesto a condiciones climáticas adversas y frío extremo, pero nunca en una situación de agotamiento tal como la vivida este último fin de semana de septiembre en Grecia.

Los primeros kms hasta Corinto, relativamente planos, se sucedieron de manera más o menos tranquila, y con casi hora y media de adelanto sobre los tiempos de corte, en gran medida gracias a la compañía de Juan Andrés Camacho. Me encontré con él poco después de la salida, al pie de la Acrópolis,  y lo dejé ir alrededor del 60-70, por ser su ritmo superior al que yo podía mantener con comodidad, y por reservar fuerzas para lo que vendría más adelante. Estuvimos corriendo bajo una lluvia suave, que acabó empapándonos, pero la sensación térmica era relativamente agradable.

En Corinto, en el control 22 (km 81), me esperaba mi hermana Maite, mi ángel de la guarda particular, sin el apoyo de la cual dudo que hubiese sido capaz de terminar en tiempo. Allí, como la climatología comenzaba a complicarse, me ayudó a cambiarme de ropa por primera vez, me dio un masaje con aceite térmico para calentar un poco los cuádriceps, que comenzaban a estar doloridos, y comí sentado por primera vez desde la salida. La vuelta al ruedo fue de lo más desesperanzadora, ya que en los primeros metros no era capaz de correr, y tuve que caminar 3 o 4  minutos hasta que volví a entrar en calor y pude trotar nuevamente. Por delante me quedaban ni más ni menos que los 165 kms más duros de toda mi vida. No obstante, a partir de este punto los tiempos de corte se suavizan, por lo que a pesar de lo anterior pude ir aumentando paulatinamente mi margen sobre ellos, hasta algo más de dos horas, que fue lo que me salvó en el último cuarto de carrera, donde iba realmente fundido.

Todos los relatos de corredores coinciden en que a partir de aquí lo normal es caminar cuesta arriba y correr en llano y cuesta abajo, aunque lo cierto es que donde podía correr lo hacía, incluso en las cuestas arriba suaves, con el afán de “guardar minutos” para cuando me viniera abajo, porque en una carrera como esta nadie te salva de venirte arriba y abajo unas cuantas veces.

A partir de entonces, y antes de la llegada de la noche, se desató el infierno. Comenzaron las lluvias torrenciales, el frío por el viento intenso, los pies permanentemente empapados al cruzar las numerosas balsas de agua, y la organización desbordada en algunos controles, donde no había agua caliente para poder tomar una sopa o un té que te reconfortaran por dentro, ya que por fuera no había nada que hacer. Decido entonces abrigarme completamente antes de lo previsto, cambio de zapatillas incluido, en previsión de la entrada en la zona de montaña, en el control 43 (km 148), al que llegué en torno a las 01:00, con unas 2h10´de adelanto sobre el tiempo de cierre. Como no había nada caliente que tomar en el avituallamiento, y el estómago me empezaba a dar problemas por el frío, decidimos meternos dentro de un bar y comer algo a cubierto mientras mi hermana, siempre atenta a mis necesidades, me ayudaba a cambiarme. Salí de allí enfundado en 4 capas, con zapatillas secas, un número más grandes en previsión del edema, y con energías renovadas aunque, como en Corinto, sin poder correr hasta unos minutos más adelante, y con amenaza de tiritona imparable por el choque térmico al salir del calor a la tormenta, mi mayor miedo toda la noche.

Continue Reading…